Había un pintor, el mas famoso de la época, era muy cotizado por sus obras de arte, a el acudían todas aquellas personas que querían que su rostro, su vida o algo en especial, incluso si querían plasmar un recuerdo de sus vidas, llamaban a este pintor. 

            Una noche, tocan a su puerta una pequeña anciana diciéndole que le pinte un cuadro donde ella estaban sonriente y quería recordar este momento para toda su vida, esta anciana le explica al pintor que esta pintura tenía que ser la mejor que haya pintado en toda su vida.

             Tenia una labor muy difícil en sus manos, lo que le pedía no era tan sencillo como parecía en un principio, cuando empieza a pintar aquel cuadro de esta pequeña viejecita, donde se le ve sonriente y feliz por toda su vida.

             Decide empezar a pintar el cuadro, día a día borraba y volvía a pintarlo de nuevo, cada noche hacia lo mismo, hasta que al fin decide como va a terminar aquella obra de arte que iba a ser la mejor que jamás haya hecho.

             En la mañana cuando aquella anciana toca la puerta del pintor, y ve el cuadro completamente terminado, su rostro expresaba una gran felicidad, alegría, su rostro brillaba de alegría, el pintor se queda impávido al ver el rostro de la anciana, el extrañado le pregunta, ¿Qué le parece el cuadro?, ¿Es lo que usted esperaba?

             La razón por la que le busque a usted fue porque sabía que iba a saber lo que yo quería, y me has hecho muy feliz.

             Lo que aquel pintor, había hecho no era una gran obra de arte, pero el significado que tenia era demasiado valioso que podía hacer que cualquier persona que viese aquella pintura quedaba con los ojos llorosos y su rostro iluminado. 

            Lo único que tenia aquella pintura famosa era la imagen de una biblia abierta, escrita con sangre, por aquel que dio su vida por cada uno de nosotros en la cruz del calvario para que vivamos eternamente y que seamos felices para toda la vida.   San Juan 3:16

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