ESCRITO POR: CARLOS MARROQUIN

MARÍA DE NAZARET, UNA MUJER BIENAVENTURADA

Una de las varias enseñanzas que definitivamente separan la fe evangélica de la fe católica es la que tiene que ver con María de Nazaret, la madre de Jesús. La Iglesia Católica Romana, que afirma ser también “mariana”, pone gran énfasis en la persona de María, a quien llama Santa María, Madre de Dios. Por su lado, la Iglesia Evangélica, se refiere muy poco a ella por temor a incurrir en un sobre-énfasis en su persona.

Creemos que para hacer un estudio correcto acerca de la persona ejemplar de María, lo mejor es acudir a las Sagradas Escrituras, las cuales son reconocidas también por la Iglesia Católica como fuente de autoridad.

El siguiente  artículo  fue  publicado  en  la  revista norteamericana, Christianity Today, -“El Cristianismo Hoy”.

“¡Salve,   muy   favorecida!                                                            “Engrandece mi alma al Señor;

El   Señor   es   contigo;                                                                  y  mi  espíritu  se  regocija  en

bendita tú entre las mujeres”                                                         Dios mi Salvador”

UNA MADRE ESCOGIDA POR DIOS

Por George Sweeting

Por siglos la gente ha preguntado: ¿Por qué escogió Dios a María? Si ella fue digna de dar a luz y criar al Señor encarnado, seguramente ella ofrece un modelo recomendable para el día de hoy. Tanto las mujeres que ya son madres como las que pueden serlo, pueden beneficiarse con las lecciones que aprendemos de la madre escogida por Dios.

  1. María demostró una pureza que es producto de una vida modesta  y piadosa.

La aldea de Nazaret, donde ella creció, se halla en el camino usado por las caravanas que viajaban de Capernaum a los puertos marítimos. Como en cada generación, había mujeres en ese pueblo que se involucraron con los viajeros. Pero no María; María era pura.

Por supuesto, María no podía haber sido caracterizada por ninguna clase de infidelidad. De otro modo, Dios no la habría escogido. Las palabras de Gabriel fueron: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios”, Luc. 1:30.

Luc. 1:27 registra que María era una virgen. Algunas gentes hoy rechazan tal enseñanza. Ellas tratan  de acabar con la realidad sobrenatural del nacimiento de Cristo por sugerir que Jesús nació de una unión humana natural. Pero negar el nacimiento virginal de Jesús es llamar a Dios mentiroso.

Unos siete siglos antes que el ángel Gabriel apareciera a María, el profeta Isaías había escrito: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”, Isa. 7:14. Dios, en Su santa Palabra, afirmó que la madre del Mesías sería una virgen –pura y santa.

Lucas se esfuerza para defender la verdad del nacimiento virginal. En Luc. 1:27,  él  afirma  que  María  era una virgen.   En Luc. 1:34, María misma lo declara.

Y en Luc. 1:35-37, el ángel afirma que María era, en verdad, una virgen.

Lucas reconoció que la doctrina del nacimiento virginal era esencial para la fe cristiana. Sin el nacimiento virginal, la humanidad se queda con una María impura, un Jesús humano y una Biblia defectuosa. El nacimiento sobrenatural de Cristo por medio de una virgen casta era necesario para asegurar que el santo Hijo de Dios naciera sin pecado.

Cuando María recibió el anuncio del ángel, ella exclamó asombrada: “¿Cómo será esto?” –preguntó ella –“pues no conozco varón”, Luc. 1:34.

María estaba comprometida para casarse con José, Luc. 1:34, pero aún no habían consumado su unión como marido y mujer. ¡Imaginen su asombro cuando el ángel le dijo que ella iba a tener un hijo!

Luc. 1:35 recogió las palabras del ángel asegurándole: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”.

El ángel dio entonces a María prueba de que su Hijo nacería sin un padre humano: “Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios”, Luc. 1:36-37.

¿Qué estaba diciendo el ángel? Simplemente esto: si Dios podía hacer que Elisabet concibiera, El podría hacer cualquier cosa. Si Elisabet y Zacarías podían tener un niño a su edad, también María podía tener un hijo sin un padre humano.

Cuando María visitó a su prima, ella supo inmediatamente que Elisabet había sido bendecida en forma única por Dios.

“Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: ‘Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?’ ”, Luc. 1: 41-43.

“Bendita  tú entre  las mujeres,                                          “Y aconteció que estando ellos

y bendito el fruto de tu vientre”                                          se  cumplieron  los días de su

alumbramiento”.

Enfatizar que María era pura no significa que ella era diferente de usted o de mí en cuanto a su naturaleza pecaminosa. María no era una mujer sin pecado. Jesús sí lo fue, pero no María. Ella era una persona quien, como todos los seres humanos, necesitaba a un Salvador.

  1. María demostró una sumisión que es producto de un corazón humilde.

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ‘!Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta”,  Luc. 1:28-29.

Note la humildad de María. Cuando el ángel terminó su impactante anuncio de que ella iba a ser la madre del Mesías, ella respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”, Luc. 1:38. Qué hermosa respuesta –Señor, yo soy tu sierva. Lo que Tú quieras yo lo haré en total obediencia.

¿Alguna vez ha considerado usted cuánto le costó a María el ser la Madre de Jesús? Eso le costó a ella su reputación y casi le costó perder a su prometido José.

Yo me imagino que ella pensó: “¿Qué le diré a la gente?, porque yo no tengo esposo. ¿Y qué voy a decirle a José?” ¡Cuán abrumada debe haber estado ella!

Podemos también imaginarnos a José luchando con emociones encontradas. Por el relato de Mateo, sabemos cuán desconcertado estaba él. En Mat. 1:19 leemos que: “José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente”. Siendo él un hombre recto, había decidido divorciarse de ella quietamente, de acuerdo con su derecho según la Ley de Moisés.

Pero Dios intervino, “Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es’ ”, Luc. 1:20.

José quedó satisfecho entonces. Pero ¿qué en cuanto a los vecinos y parientes?  María tuvo que pagar un alto costo para ser obediente a Dios.

Cuando Jesús tenía exactamente ocho días de haber nacido, Sus padres lo llevaron al Templo para dedicarlo. Allí en el Templo esperaban Simeón, un devoto anciano quien había recibido promesa del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Mesías. En el momento en que Simeón vio al niño Jesús, él supo que la promesa de Dios le había sido cumplida.

Volviéndose a María, él dijo: “He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”, Luc. 3:34-35.

María vivió para ver el triste día en que Jesús murió sobre una cruz. Ella vio cuando clavaron Sus manos, cuando le fue puesta una corona de espinas sobre su cabeza, y cuando una lanza atravesó su costado.

La espada, de la cual la había hablado Simeón, traspasó su alma. María pagó un alto costo

por someterse a la voluntad de Dios.

“Y dio a luz a su hijo primogénito,                                             “Y al entrar en la casa, vieron al

y  lo  envolvió en pañales,  y  lo                                                   niño  con  su  madre  María,  y

acostó en un pesebre”                                                                  postrándose,  lo  adoraron”

  1. María demostró una devoción que es producto de una mente dedicada.

Aunque ella era muy joven, posiblemente aún una adolescente, María era una persona devota. Ella conocía las Sagradas Escrituras.  Ella había estudiado la Ley y los Profetas. Su canto, el cual conocemos como “El Magníficat”, constituye un vibrante pasaje en el cual ella se refiere a porciones de la Escritura, como I Samuel, los Salmos, Isaías, Miqueas y Éxodo.

“Entonces María dijo: ‘Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de Su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es Su nombre, y Su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel Su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre”.

Esta bella expresión de fe surgió de una mente dedicada. María amaba las Escrituras.

Hay aún otras escenas que ilustran que María era una mujer de profundidad. Ella meditaba sobre la verdad.

Cuando los pastores llegaron hasta el pesebre y relataron a José y a María el canto de los ángeles, Luc. 2:19 nos dice, “Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Más adelante, cuando los padres de Jesús fueron a Jerusalén en ocasión de la Pascua, ellos salieron de la ciudad sin darse cuenta de que Jesús, quien entonces era tan sólo un muchacho, no marchaba con el grupo. Cuando ellos regresaron y hallaron a Jesús en el Templo, El les preguntó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”, Luc. 2:49.

La Escritura revela que los padres de Jesús no entendieron el significado de esas palabras. El relato concluye con esta importante nota: “Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón”, Luc. 2:51.

María atesoraba todas las palabras de Jesús y meditaba sobre ellas. Ella era una mujer devota, modesta y adoradora de Dios.

“Conforme  a  la  ley  de  Moisés,                                “Levántate, y toma al niño y a su madre,

le   trajeron  a   Jerusalén  para                                   y   huye  a  Egipto,  y  permanece   allá

presentarle   al   Señor”                                                hasta que yo te diga”

La vida de María refleja un patrón de piedad que es ejemplar tanto para hombres como para mujeres. Dios quiere que usted y yo seamos santos. Él busca a aquellos que son humildes de corazón, y nos insta a que nos saturemos del conocimiento de las Sagradas Escrituras.

Al igual que nosotros, María era una persona con necesidades. Ella una mujer que necesitaba a un Salvador, y reconocía esa necesidad, según lo expresó en Luc. 1:47, “Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Hoy María está en el cielo, no porque Jesús fue su hijo, sino porque Jesús fue su Salvador, su Señor y su Redentor.

¿Es el también el Salvador, Señor y Redentor suyo?

Hasta el aquí el artículo de George Sweeting.

¿QUÉ MÁS DICEN LAS ESCRITURAS ACERCA DE MARÍA DE NAZARETH?

Por Carlos H. Marroquín Vélez

Creemos que entre los personajes bíblicos que nos sirven de modelos en varios aspectos de la vida cristiana, María se nos presenta como un gran ejemplo de humildad, de piedad, de obediencia a Dios, de conocimiento de las Sagradas Escrituras, y de sufrimiento en el cumplimiento de nuestro papel aquí en la tierra.

En ninguna parte en las Escrituras se nos dice quiénes fueron los padres de María. Tampoco se nos dice nada acerca de su concepción ni de su nacimiento. Sin embargo, siguiendo tradiciones extra-bíblicas se enseña que su madre fue Santa Ana y que fue “María  concebida sin pecado original”, olvidando que  ella misma dijo: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”.

María fue la mujer escogida por Dios para llevar a cabo su gran papel de madre por excelencia, para que el Hijo de Dios se encarnara, habitara entre nosotros y efectuara su sacrificio en expiación o pago por los pecados de toda la raza humana.

Además del relato del nacimiento de Jesús, alrededor el cual gira el hermoso artículo anterior, la Biblia nos presenta otros aspectos acerca de María.

En Mat. 1:24-25, leemos: “Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús”.

Aquí se afirma que José “no la conoció”, es decir, no convivió con ella como esposo, hasta que nació Jesús. En la Biblia se usan muchos términos para expresar las relaciones íntimas entre esposos: entró a ella, durmió con ella, se acostó con ella, la conoció. La expresión “no la conoció” no quiere decir que no la había visto antes, o que no sabía cómo eran sus facciones, pues sabemos que José estaba comprometido con ella.

Además,  al decir que “dio a luz a su hijo primogénito”, se implica que tuvo otros hijos más. Así lo relatan Mateo y Marcos en sus respectivos evangelios:

Mat. 13:54-56, “se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?”

Mar. 6:3, “¿No éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”

Decimos que Jesús nació de la virgen María, nos referimos a su nacimiento virginal. Pero después de ello, ya no nos referimos a la virgen María, sino a María la madre de Jesús, pues ella tuvo más hijos: se mencionan los nombres cuatro hermanos de Jesús y se hace alusión a hermanas, en plural, lo cual indica que por lo menos eran dos, o talvez más.

En Juan 7:5 hay una expresión que reitera que Jesús tenía hermanos en la carne:  “Porque ni aun sus hermanos creían en El”. Juan no podía referirse aquí a sus hermanos en la fe, pues no podían ser hermanos en la fe quienes no creían en El, por supuesto.

El hecho de que María haya tenido una gran familia no le resta a sus virtudes por las cuales fue escogida por Dios.

“y estaba sujeto a ellos. Y su madre                          “y le dijo su madre: ‘Hijo, ¿por qué nos

guardaba todas estas cosas en su                             has hecho así? He aquí, tu padre y yo

corazón”                                                                        te hemos buscado con angustia”

El primer milagro efectuado por Jesús fue la conversión del agua en vino en unas bodas. En Juan 2:1-5 leemos: “Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: ‘No tienen vino’. Jesús le dijo: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora’. Su madre dijo a los que servían: ‘Haced todo lo que os dijere’ ”.

Después del milagro de convertir el agua en vino, en el v. 11, dice: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en El”. No se hace enfatiza aquí que María haya sugerido a Jesús para efectuar el milagro, para fundamentar la enseñanza de que ella es nuestra intercesora ante El. Todos creyeron en el poder de Jesús, y nunca más se repitió el hecho de que María haya insinuado a Jesús hacer otro milagro u otra acción.

Los siguientes pasajes deben leerse cuidadosamente:

Mat. 12:46-50, “Mientras El aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno: he aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar. Respondiendo El al que le decía esto, dijo: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: ‘He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre’ ”.

Luc. 11:27, “Mientras él [Jesús] decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: ‘Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste.’  Y él dijo: ‘Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.’ ”

Creemos que estos versículos no indican en ninguna manera que Jesús haya despreciado y tenido en poco a su madre y a sus hermanos durante su ministerio público. Posiblemente,  sabiendo Jesús que María sería exaltada desmedidamente en el futuro, y para evitar que esto sucediera, la trata a ella y a sus hermanos en igual nivel que a cualquier persona que crea en Él. Aquello fue una prevención para no darle a María un lugar mayor del que Dios le asignó. Ella cumplió un papel muy importante en el plan divino, pero debía permanecer en un plano menor que el del Hijo de Dios.

Muchos dicen al orar: “Santa María, madre de Dios”, cuando deben decir, María la madre de Jesús, el hombre perfecto en quien se encarnó el Hijo Eterno de Dios, después del anuncio del ángel Gabriel, en el momento glorioso de la concepción efectuada por el Espíritu Santo de Dios. Dios es eterno y no tuvo ni principio ni fin. El Hijo de Dios es eterno también, pero un día se vistió de humanidad, se hizo carne en el vientre de María, y nació en Belén.

Para tener un cuadro equilibrado es bueno leer el siguiente pasaje de Juan 19:25-27, “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: ‘Mujer, he ahí tu hijo.’ Después dijo al discípulo: ‘He ahí tu madre.’  Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.

En aquellos momentos difíciles, en que el Hijo de Dios agonizaba, después de varias horas de tortura, de desvelos, de tristeza, en que los pecadores se habían ensañado contra su persona para llevarlo a la cruz, sin saber que al mismo tiempo estaban sirviendo de instrumentos para inmolar al Cordero de Dios que pagaría por los mismos pecados que estaban cometiendo; en esos momentos Jesús se ocupó de encargarle al apóstol Juan el cuidado de su madre. Le dijo a él que se encargara de ella como si fuera su madre, y le dijo a ella que lo viera a él como a su propio hijo.  Y Juan así lo hizo.

Antes de su ascensión, Jesús mandó a sus discípulos que no se fueran de Jerusalén, sino que se quedaran allí hasta ser investidos del poder del Espíritu Santo para poder testificar en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y desde allí hasta lo último de la tierra.  Por ello dice en Hch. 1:14: “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”.

Esta es la última vez que se menciona a María en las Sagradas Escrituras. En los restantes 27 capítulos del Libro de los Hechos de los Apóstoles, ni tampoco en los otros 22 libros del Nuevo Testamento, ya no se hace ninguna mención de esta noble y ejemplar mujer, modelo de  santidad y obediencia.

“Estaban   junto  a  la  cruz  de  Jesús          “perseveraban unánimes en oración y ruego,

su madre, y la hermana de su madre”           con las mujeres, y con María, la madre de

Jesús,  y  con  sus  hermanos”

Es importante hacer notar también que el Apóstol Juan, a cuyo cuidado ella quedó encomendada, no la menciona en ninguna de sus epístolas.

A María se le llama también Reina del Cielo, aunque en el cuadro del futuro en el cielo, que se nos muestra en el libro de Apocalipsis, no aparece María ejerciendo ningún papel de mediadora o intercesora, ni se le menciona en absoluto; aunque estamos seguros de que se encuentra en la patria celestial entre los millares que alaban eternamente a Dios, al Cordero y al Espíritu Santo por la eternidad.

Basándose de nuevo en las tradiciones extra-bíblicas, se enseña que María fue transportada al cielo en cuerpo y alma, en lo que se conoce como la Asunción de María y que se celebra el quince de agosto.

Notamos, pues, que al llamarla madre de Dios y Reina del cielo, y al afirmar su inmaculada concepción y su traslado al cielo en cuerpo y alma, se trata de atribuirle rasgos que la Biblia no enseña. Desde hace algún tiempo hay un movimiento que trata de presionar para que también se declare a María como “mediadora y corredentora”, juntamente con Jesucristo.

Ya es muy popular la frase “A Jesús por María”, lo cual tampoco se halla en las Sagradas Escrituras.  Jesús es claro al decir en Juan 6:35: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, no tendrá sed jamás”.  Y en Mat. 11:28, “Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y YO os haré descansar”. En ninguna ocasión dijo Jesús que debían o podían venir a El a través de María.  De hecho jamás la mencionó en ninguna de las ocasiones en que habló de la salvación. Debemos ir directamente a El para llegar al Padre.  Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí”.

Volvemos a enfatizar de nuevo que María fue una mujer ejemplar, muy adecuadamente podemos presentarla como un modelo de vida santa y de madre abnegada en nuestras clases de edificación para las jóvenes y las hermanas mayores, pero en ningún momento tienen ella participación en el proceso de la salvación del hombre. Para ello vamos directamente con su Hijo Jesucristo.

Estimado lector, lo invitamos a leer los cuatro Evangelios y el primer capítulo de Hechos, que es donde se nos despliega la vida de María de Nazaret, la madre de Jesús, desde el día de la anunciación hecha por el ángel Gabriel, hasta los días siguientes al ascenso de Jesús, cuando la naciente Iglesia se congregaba en el Aposento Alto.

Esperamos que usted ponga toda su confianza en Jesucristo, el Hijo de Dios, quien lo amó tanto que se entregó a Sí mismo para pagar por sus pecados. Esta salvación ya fue consumada en la cruz del calvario hace dos mil años, pero se hace efectiva solamente cuando usted recibe a Jesucristo como su suficiente Salvador personal en su corazón.

Para recibir a Jesucristo primeramente usted debe reconocer que ha pecado; debe arrepentirse de toda su vida pasada lejos de Dios y por haber roto sus santas leyes. Después de confesarle a Dios en oración todos sus pecados a Dios, deberá pedirle perdón y recibir a Jesucristo en su corazón por la fe.

El sacrificio que Jesús realizó en la cruz, pagó por todas nuestras culpas. No tenemos que hacer buenas obras para recibir la salvación. Basta con creer en que Jesús, el Cordero de Dios, es la expiación por nuestras culpas y que la deuda está pagada.

Cuando usted acepte a Jesucristo como su Salvador, ocurrirá un milagro: el Espíritu Santo lo regenerará, le dará nueva vida, y en las Sagradas Escrituras aprenderá cómo caminar de acuerdo con la voluntad de Dios.

Lo invitamos a que lo haga por medio de la siguiente oración:

“Padre, he vivido lejos de ti y de tus sabias y santas leyes. Me he dirigido por mi propio criterio, pero no ha funcionado. He hecho cosas que no te agradan y te pido perdón por todo lo que te he ofendido. Creo en la salvación que me ofreces por medio de la sangre de Tu Hijo Jesucristo en la cruz. Lo acepto como mi Salvador personal y quiero vivir dentro de tu voluntad de ahora en adelante. Te pido que me adoptes como tu hijo, que me regeneres por medio de tu Santo Espíritu, y que me guíes por tu Santa Palabra hasta que vaya a vivir contigo por la eternidad. Te lo suplico todo en el nombre santo de Jesucristo tu Hijo. Amén.

Estimado lector :  SÓLO JESUCRISTO SALVA.

LEA LAS SAGRADAS ESCRITURAS Y COMPRUÉBELO.

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