Abraham: ¿Quién Fue Él?      

 

Especialmente  en el Nuevo Testamento encontramos que a Jesucristo se le llama “el hijo de Abraham”. Por ejemplo, en Mateo 1:1 leemos esto: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Nótese que Mateo afirma que Jesucristo es hijo de Abraham, pero al mismo tiempo se nos dice que es  igualmente hijo del rey David. Por ahora nos interesa desarrollar todo lo que implica la frase “hijo de Abraham” que se le da a Jesucristo, pues este título, como el de “hijo de David”, implica un vínculo familiar muy especial e importante que le puede involucrar a usted y las gentes de todas las naciones.

Abraham había nacido en Ur de Caldea y fue escogido por Dios para bendecir a la humanidad toda a través de él y su descendencia (singular).  Sí, con el pasar de los siglos, Jesucristo nació de María, y así vino a ser hijo de Abraham, pues vino a ser su descendiente según la carne. Con el patriarca Abraham Dios hizo un pacto solemne de bendición futura para toda la humanidad.                                       

 

                            El Pacto de Dios con Abraham

Todo se inició con el llamado que le hizo Dios a Abraham para que dejara su tierra con el propósito de que heredara una “nueva tierra” que Él había elegido para Su posesión exclusiva. Nótese lo que dice Génesis 12:1-3: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.

Nótese que Dios hace un arreglo con Abraham el cual incluía las siguientes cláusulas importantes:

1.- Dios haría de Abraham una nación grande.

2.- Abraham sería bendecido y su nombre engrandecido.

3.- Abraham sería de bendición para todas las familias de la tierra.

En Génesis 13:14,15 leemos que Dios le vuelve a decir a Abraham, lo siguiente: “Y Jehová dijo Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre”. Es claro que Dios le estaba ofreciendo a Abraham una tierra para que la pudiese heredar perpetuamente, y que podía conocerla con sólo dirigir su vista al norte, sur, este, y oeste.

También es significativo de que a Abraham no se le dijo que mirara hacia el cielo, o hacia arriba, más allá de las estrellas, para imaginarse una herencia en el “tercer cielo”. Definitivamente Abraham nunca creyó que él tendría una herencia permanente en el cielo, ni tampoco para su descendencia después de él. Él comprendió muy bien que su mirada debía estar puesta en la tierra prometida, la tierra de promisión que fluye “leche y miel”.

Ahora bien, en Génesis 15:18 Dios le da más detalles de la herencia prometida a Abraham con estas palabras interesantes: “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto, hasta el río grande, el río Eufrates”.  Pues bien, si uno mira los límites demarcados por el río Nilo y el río Éufrates en un mapamundi, verá que éstos se ubican en el oriente medio, en lo que es ahora parte de Siria, Líbano, e Israel. Es importante este detalle, pues a Abraham y a su simiente Dios le daría la tierra prometida de la cual hicimos mención hace unos instantes.

                       ¿Quién es la Simiente de Abraham?

 

Ahora viene el punto crucial en cuanto a quién es la descendencia prometida de Abraham. Pues bien, según el registro bíblico, Abraham tuvo como hijo a Ismael, el hijo de la esclava egipcia Agar; luego Abraham engendró a Isaac, el hijo que procreó con su esposa Sara. Después, al quedar Abraham viudo, se vuelve a casar con otra mujer llamada Cetura, la cual le dio seis hijos más.

De modo que Abraham tuvo  hijos, pero sólo uno de ellos fue el verdadero primogénito de Abraham. Recordemos que el primogénito tenía el derecho de heredar el doble que sus hermanos de lo que el padre poseía. Así era la costumbre Hebrea. También tenía la jefatura de la casa del padre, y recibía una especial bendición de Dios. De modo que es importante saber quién de los ocho hijos era el verdadero primogénito.

Algunos podrían decir que el primogénito era el primer hijo que tuvo Abraham. En su caso se supondría que era Ismael. ¡Pero así no piensa Dios! Ismael no fue el primer hijo de Sara, con quien Dios consumaría su pacto. Dios considera primogénito al hijo que le nacería de Sara, al hijo mayor de la esposa. Así lo leemos en Génesis 21:12 donde dice: “Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia”. En otras palabras, Dios escogió a Isaac como primogénito de Abraham, y por tanto se constituyó en el jefe de su casa, y el que recibía el doble de bendición que los otros hijos.

La otra evidencia que tenemos de que Isaac fue el verdadero primogénito es que su hijo Jacob heredó la primogenitura a la muerte de su padre. Dice Éxodo 4:22 así: “Y  dirás así a faraón: Jehová ha dicho así: Israel (=Jacob) es mi hijo, mi primogénito”. Pero nótese que Esaú fue mayor que Jacob (=Israel), pero no obstante, Dios llama a Jacob “mi primogénito”— ¿Por qué? Porque Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas. Lo cierto es que la primogenitura continuó por la línea de Isaac, hijo de Sara, esposa de Abraham. Los hijos de Agar y Cetura no estaban incluidos en el pacto abrahámico. Sus otros siete hijos no estaban incluidos como “la descendencia de Abraham”.

De Jacob nacieron doce hijos, de los cuales Judá era uno de ellos. Este hijo de Jacob recibió de Dios la siguiente bendición: “Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán a tino será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:18,10). Nótese que Judá sería reverenciado por los demás hermanos como el más importante de los hermanos. De él saldrían los reyes que gobernarían a Israel, incluyendo al futuro Mesías, el hijo de David, el Cristo, la descendencia de Abraham.

Tenemos entonces que de Isaac vendría la descendencia prometida a Abraham. Leemos en Gálatas 3:22,23 lo siguiente: “Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa”. Entonces de Isaac, Jacob, y de Judá, vendría aquella singular descendencia de Abraham que bendeciría al mundo entero y regiría los destinos de la tierra prometida y del mundo entero, pues la profecía bíblica señalaba al Mesías esperado (O sea la descendencia de Abraham—Isaías 9:6,7; 32:1) cuyo gobierno (reino) sería mundial (Salmos 72:8-11).

¿Quién es la simiente o descendencia de Abraham que heredaría la tierra al final de los tiempos, y que bendeciría al mundo entero? Esta pregunta la contesta el apóstol Pablo, cuando al escribirles a los gálatas, les revela lo siguiente: “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a sus simientes como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu  simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).  Ahora bien, observe que Pablo dice que la simiente o descendencia de Abraham es UNA sola: ¡El Señor Jesucristo! Entonces Jesucristo y Abraham son los que bendecirían al mundo por medio de un cetro o reino en el Medio Oriente y en la tierra de Canaán (=Palestina). Jesucristo es la descendencia prometida que heredará el mundo y regirá el planeta tierra con justicia y paz verdaderas. Dice Pablo a los romanos, lo siguiente: “Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia (Cristo) la promesa de que sería el heredero del mundo, sino por la justicia de la fe” (Romanos 4:13).  Nótese la frase: “el heredero del mundo—¿Para qué? Para regirla o gobernarla con justicia, pues dice Isaías 32:1: “He aquí que para justicia reinará un rey, y príncipes presidirán en juicio”.

                                 Otros Hijos de Abraham

La Biblia enseña que UNA es la descendencia de Abraham. Pero enseguida veremos que esa única descendencia de Abraham se compone de muchos fieles. Es decir, la simiente se convierte en una UNIDAD COMPUESTA. Veamos lo que dice Pablo nuevamente a los Gálatas: “Y si vosotros sois de Cristo, linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29). “Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham”(Gálatas 3:7,9). Es claro que los creyentes se constituyen en “judíos espirituales” al identificarse con Abraham en su fe y esperanza en la descendencia prometida.

La iglesia, compuesta por judíos y gentiles creyentes en la descendencia prometida, constituye o compone también ahora la verdadera simiente o descendencia de Abraham. Esta simiente o descendencia compuesta por Cristo y los fieles de todos los tiempos, incluidos los padres, heredarán las promesas que Dios le hizo al patriarca cuando vivía en Ur, unos 3,50o años atrás. Por lo tanto, nos parece insólito que las iglesias de hoy, llamadas “cristianas”, hayan olvidado las verdaderas promesas que Dios pronunció al padre Abraham.  Extrañamente, en los últimos quince siglos o más, una iglesia de renombre, supuestamente cristiana, “espiritualizó” esa misma promesa de la herencia de la tierra prometida ubicada en el Medio Oriente y la trasladó al cielo.  Ahora las iglesias predican que viviremos para siempre con Dios y Su Hijo Jesucristo como angelitos alados y tocando arpas o liras en las “moradas celestiales”. Esto es desatinado, pues recordemos que Dios nunca le dijo a Abraham que mirara hacia el cielo para encontrar su destino final y el de su descendencia.

                         Herederos de una “Nueva Tierra”

 

Jesucristo, como el hijo de Abraham y de David, es el heredero legítimo de las promesas de un reino o gobierno en la tierra donde todas las cosas que Dios se propuso hacer, y que fueran estropeadas por Satanás, serán restauradas por el Mesías (Hechos 3:19-21).  A los romanos creyentes Pablo les dice: “Y  si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17).

Nótese que dice textualmente: herederos de Dios y coherederos con Cristo, de las promesas.  Esto también lo vislumbró el apóstol Pedro cuando dijo: “pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13). Pues bien, nótese también que las promesas de Dios se resumen en “nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia”. Obviamente acá Pedro no está hablando de un nuevo planeta (cosmos), sino de un nuevo orden mundial (aión) donde imperarán la justicia y la paz verdaderas y duraderas.  Esta es la cristalización final del utópico mundo de amor, justicia, y paz perfectos. No obstante, le diré que el pacto con Abraham se circunscribe a la herencia de una tierra, en tanto que el pacto que hace Dios con David se circunscribe a la “permanencia eterna” de su reino, cuando sea restaurado por su hijo Jesucristo en su segunda venida en gloria. Por eso, es muy importante saber porqué a Jesús se le llama también “el Hijo de David”.  ¿Se lo ha preguntado usted mismo alguna vez?

                 Abraham, Isaac, y Jacob, en el Reino de Dios  

 

Parte de  las promesas de Dios es el restablecimiento del reino de Dios  (pacto davídico) en la tierra, cuando Cristo, el hijo de Abraham y de David, tome el control del mundo junto con sus padres (Abraham, Isaac, y Jacob) y todos los profetas. Dice Jesús así: “…cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios (Lucas 13:28,29). Sí, el padre de la fe (Abraham), y su prole leal (carnal y espiritual), estarán en la “nueva tierra” de justicia, administrando el nuevo gobierno mundial de Cristo. Entonces las naciones de la tierra serán benditas con su gobierno perfecto de rectitud y justicia, pues por este único medio se cumplirán las promesas de Dios a Abraham sobre bendiciones increíbles nunca antes vistas para una humanidad ansiosa por un cambio radical, por un mundo ideal de justicia y paz duraderas.

Jesucristo, como un judío, y descendiente directo del rey David, tiene el derecho de tomar el cetro y el trono de su reino. De modo que los verdaderos judíos (por la fe) juegan y jugarán un rol especial en el reinado de la justicia. Sus príncipes serán judíos en la carne como por adopción. Nosotros, los que no somos judíos, nos convertimos en judíos espirituales o adoptivos porque somos de la fe del padre Abraham y también porque somos de Cristo (su descendencia), y en como resultado heredaremos las promesas y riquezas otorgadas al padre Abraham. Los que enseñan que los judíos tienen una esperanza terrenal,  y la iglesia una celestial o supra mundana, están errados. Ya lo dijo Pablo en Efesios 4:4: “Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación”.

Y además, en Efesios 2:11-17 Pablo explica que para los que son de Cristo (cristianos) ya no existe una pared divisoria entre judíos y no judíos. Todos son uno en Cristo Jesús. Todos son Judíos para Dios por la fe en el judío Jesucristo (Romanos 2:28,29; Gálatas 3:28).

                         El Renacimiento del Estado Judío

 

Es cierto que los hebreos entraron en la tierra prometida con Josué una vez muerto Moisés, el libertador. Pero su posesión sólo fue temporal y no permanente, ya que Dios los castigaba por su corazón duro y rebelde. En 586 A.C el rey Nabuconodosor terminó llevándose cautivos al rey judío Sedequías y a su pueblo a Babilonia, en donde estuvieron 70 años como servidores y esclavos del rey pagano. En ese momento el reino o gobierno de David terminó “temporalmente” hasta el día de hoy. Luego de los 70 años de cautiverio, Ciro, el rey Persa, dio un decreto de liberación de los judíos. Regresaron con Zorobabel una minoría de ellos a su tierra para reconstruir lo que estaba destruido, como es el caso del templo judío en Jerusalén.

Pero con el correr del tiempo, la mayoría de judíos volvieron a la incredulidad y no recibieron a su Mesías, el Hijo de Dios, Jesucristo (Juan 1:12). Como castigo, en el año 70 d.C., el general romano Tito invadió Jerusalén y destruyó el templo de los judíos, y el pueblo fue en parte asesinado, en parte desterrado, y en parte esclavizado por los invasores. Nuevamente en esa fecha el pueblo judío se quedó nuevamente privado de su país y de su templo. Esta fue una triste diáspora o dispersión que ha venido durando por casi dos mil años, hasta que, finalizando la primera mitad del siglo XX, nuevamente nace el estado judío el 12 de Mayo de 1948.

Sin embargo, la mayoría del pueblo judío están ciegos a las promesas de Dios, y sólo confían en su poder militar para confrontar cualquier eventualidad bélica. La mayoría de ellos parece que aún viven a espaldas de Dios, y no comprenden en su real dimensión de que es Dios quien les está devolviendo la tierra prometida a fin de bendecirlos a través de la simiente prometida a Abraham (el Mesías Jesús).

La tierra prácticamente ya está en manos de los judíos, sus legítimos dueños, aunque se opongan los ismaelitas o árabes. Estos deben reconocer que Dios hizo el pacto que estamos estudiando con Abraham y con su esposa Sara, y no con Agar e Ismael. Por eso, aunque los árabes protesten, y le  hagan la guerra a Israel, siempre saldrán mal parados  porque no luchan contra los judíos, sino contra Dios mismo. Ya en las guerras de 1948, 1953, 1967, y 1973 los judíos salieron victoriosos frente a un enemigo numeroso y poderoso, lo que demuestra que Dios está al frente de este minúsculo pueblo en el Medio Oriente para protegerlos. Y es que la Palabra de Dios tiene que cumplirse pese a la férrea oposición del mundo árabe y aun de muchas naciones de occidente. Hoy, las profecías bíblicas que señalan el retorno o alijah del pueblo judío de todas partes del mundo para reconstruir su antiguo país se están cumpliendo ante nuestros propios ojos (véase Deuteronomio 30:3-5; Isaías 11:12; Jeremías 30:3,8-11; 32:37-43).

Definitivamente el panorama del Medio Oriente apunta hacia el cumplimiento de las promesas de Dios al fiel Abraham, Su amigo personal. Lo que falta ahora es el retorno del heredero principal, el descendiente real, para tomar el control del país de Israel, y desde allí a todo el mundo. ¿Recuerda Ud. que Pablo dijo que Cristo sería el heredero del mundo en Romanos 4:13?

                          La Apostasía Predicha por Pablo

 

Es lamentable que millones de supuestos cristianos desconozcan este pacto o promesa de Dios hecha al padre Abraham hace más de tres milenios. Pero esto no es sorprendente para los que estudian las Escrituras libremente, y sin prejuicios, pues ya el apóstol Pablo previó que después de su partida entraría la apostasía en la iglesia con doctrinas que él llamó de demonios. Dice él así en 1 Timoteo 4:1,3: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios…”.

 

Aquí Pablo está hablando que en los postreros tiempos algunos caerían en el error, creyendo en doctrinas de demonios, entre las cuales están la prohibición del matrimonio (el celibato obligatorio) y la ingestión de ciertos alimentos (como el comer carne el viernes santo). Aquí hay una clara indicación de una iglesia apóstata que propagaría las doctrinas del diablo y no las de Cristo. Una iglesia que ignoraría las promesas literales de Dios y predicaría otro evangelio. Por cierto que esta imponente iglesia caería en otras apostasías y desviaciones de la verdad. Y en Hechos 20:29,30, Pablo dice: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”.

Sí, Pablo previó la aparición o manifestación de malos líderes u obispos que seducirían al rebaño de Cristo, hablando doctrinas pervertidas para arrastrar a discípulos tras sí. Y es eso precisamente lo que el romanismo logró con su doctrina del alma inmortal que trasciende la muerte para morar con Dios en el cielo.  Ahora resulta que la doctrina católica del cielo es más agradable y esperanzadora que la herencia de esta misma tierra, la cual ya nos parece muy difícil de soportar por tanta maldad, contaminación, y perversión.

Debemos de retener la prístina esperanza que fue una vez dada a los santos, pues así lo exhorta el apóstol Judas, cuando dice: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). ¡Esta debe ser nuestra responsabilidad como cristianos bíblicos!

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