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En Pittsburgh, sede de la cumbre de los poderosos del planeta, clima de “ley marcial” para afrontar las protestas no-global. De la cumbre, ninguna medida seria para que no se den nuevas crisis. (Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti)

Las imágenes de la represión de las protestas en Pittsburgh, con motivo de la cumbre del G20, parecen sacadas de una de esas películas de ciencia ficción orwellianas que están ambientadas en un futuro inquietante e indefinido dominado por regímenes policiales y leyes marciales.

Duros con los manifestantes. Un batallón de la Guardia Nacional, recién regresado de Iraq, monta controles vigilados por blindados Hummer y patrulla las calles que rodean la sede de la cumbre, en las que suena sin cesar un inquietante mensaje a través de los altavoces con una voz monótona, diríase que inhumana, que avisa a los manifestantes: “Aléjense inmediatamente de esta zona, sean cuales sean sus intenciones. Si no se dispersan, serán detenidos y sometidos a otras acciones de policía como la detención física, la intervención de agentes antidisturbios y el uso de municiones no tetales que pueden provocar heridas a quiens se queden”. Del dicho al hecho.

Rabiosos “robocops” de la policía antidisturbios desfilan por las calles en formación militar, azuzan a sus perros contra los peatones, luego montan un cordón y amenazan y pegan a los manifestantes con largas porras de madera, los persiguen y los inmovilizan con lazos de nylon (como a los prisioneros de guerra), disparan contra la muchedumbre pelotas de goma y gases lacrimógenos.

Intervienen también los cuerpos especiales de la policía (SWAT) con blindados y otros medios militares que “disparan” contra los manifestantes ondas sonoras ensordecedoras, y, escena surrealista, soldados del ejército en uniforme mimético bajan de coches civiles y se llevan a la fuerza a un manifestante sin esposarlo siquiera, mientras la gente alrededor presencia atónita este secuestro.

Blandos con los banqueros. Este clima de ley marcial acogió a los manifestantes “no-global” que se acercaron a Pittsburgh para protestar contra los poderosos del mundo, acusados de haber socorrido a los bancos especuladores responsables de la crisis con subsidios públicos por valor de más de 17 billones de dólares (no 700.000 millones como dicen a menudo), en lugar de ayudar a las víctimas de esta crisis; en concreto, a los millones de trabajadores que perdieron el trabajo y las decenas de millones de ciudadanos que perdieron sus ahorros.

Los manifestantes apuntaban contra el “capitalismo global, que defiende los beneficios de pocos a costa de las necesidades de la población, un sistema cínico en el que todo y todos se convierten en objeto de especulación sin límites, sin reglas.

El G20 de Pittsburgh fue presentado como “el nuevo Bretton Woods”, que debía reformar y reglamentar el mercado financiero global para evitar los excesos especulativos que produjeron la actual recesión.

En cambio -se veía venir- las fuertes presiones del potente lobby bancario y financiero mundial bloquearon todas las medidas radicales sobre las que se discutía a la víspera de la cumbre.

Se excluyeron de la agenda de la cumbre la “tobin tax” relativa a transacciones financieras, la prohibición de especulación sobre materias primas y alimentarias, la obligación de una capitalización adecuada de los bancos para volver a calibrar el peligroso sistema crediticio basado en reservas fraccionarias casi inexistentes y la creación de un calendario claro para combatir el calentamiento global.

De la cumbre de Pittsburg sólo saldrá alguna propuesta demagógica, como la limitación de los bonus para los manager financieros, el compromiso por una mayor coordinación económica global a través del reforzamiento de organismos como el Fondo Monetario Internacional y la Banca Mundial, que tanto les gustan a los “no-global”.

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