Por Miguel Ortega Martínez

Este nombre –Emanuel-  anunciado por el profeta Isaías (Cap. 7:14), y repetido a José, el carpintero por el Ángel del Señor (Mat. 1:23), viene a cobrar  gran relevancia con la llegada de Jesús, al mundo perecedero, pues con un nacimiento, también llegó el Padre. Así lo afirma Cristo cuando dice en Juan 14:10 “…el Padre, que vive en mí, es el que hace su propio trabajo.”  !Jesús, el Hijo de Dios, actuando no por propia iniciativa, sino cumpliendo voluntariamente los planes del Padre!

Emanuel, Dios con nosotros, no es una mera idea, ni un bello pensamiento. Se materializa cada vez más entre aquellos que lo aman de verdad, y están dispuestos a obedecer sus indicaciones aun a costa de su propia honra, porque comprenden también, que Dios está actuando por medio de ellos.

Bellos ejemplos de obediencia y acción son José y María ante el anuncio del nacimiento del Mesías, el cual recibieron por separado.

Por una parte, tenemos a José, hombre público, en razón de su trabajo, -pues era carpintero-  quien un buen día anuncia a sus amistades:

-Señores, me caso!

-¿Cómo, al fin te decidiste?

-!Sí! Al fin.

-¿Y quién es la afortunada?

-María, la jovencita que vive al lado de mi taller.  ¿Verdad que es Linda?  Tan

educada y respetuosa con sus padres… y tan observadora de nuestras leyes.

José estaba tan enamorado que andaba como un niño con zapatos nuevos. A todo mundo le comunicaba su firme decisión.  Pero un día… antes de casarse… María le dijo:

-!Estoy embarazada! !Voy a tener un hijo!

-!Pero,  María…!   –dijo  José  con  tamaños  ojos-    ¿Cómo  es  posible,  si  yo  te  he

respetado? ¿Qué van a pensar nuestras amistades?

Gran sufrimiento moral de José. Imposible casarse con alguien así, sus pensamientos eran tristes.  “Tengo que dejarla… no ha correspondido a mi confianza… me alejaré de ella sin difamarla…. Después de todo, es tan bella… y sigue tan fiel al Templo que no comprendo su actitud.   En fin, el Señor sabe todas las cosas. Yo, por mi parte la dejaré para que haga su vida… pero sin mí.”

Y cuando más dolorido estaba, el Ángel del Señor le habló en sueños y le dijo: “…no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que va a tener es del Espíritu Santo…”  La escritura dice que cuando José despertó, hizo lo que el ángel le había mandado.

José aceptó el hecho con sencillez, no dudando que el sueño fuera la voz de Dios y recibió  a María.  Creyó firmemente que Dios lo había escogido para dar apoyo moral y espiritual a su futura esposa; amor y educación al hijo que le llegaba y que traía tan importante misión para su pueblo. Comprendió que dios estaba trabajando por medio de él.

!Él era un brazo de Dios actuando en la tierra!   ¿Y María?  Ella también tuvo un episodio semejante. !Estaba feliz! Y como toda jovencita, comentaba alegremente con sus amigas:

-!Me caso, muchachas!  José ya me pidió para ser su esposa.

-!Qué emoción! ¿Y tú, que le dijiste?

-Bueno… le dije que esperara un poco, que luego le respondería, no quería que se

enterara de que a mí también me gusta.

Y sus amigas asentían algo envidiosas, porque cualquiera de ellas lo habría aceptado a la menor insinuación.

-¿Cuándo es el casamiento?

-Ya pronto, yo les aviso…   No faltarán a mi boda, ¿verdad?

-!Allá estaremos! No te preocupes.

Pero sucedió que un día se presentó un extraño personaje que, sin más, entró a la casa y le dijo: “!Te saludo, favorecida de Dios! !El Señor está contigo!  (Luc. 1:28)

!Qué impacto para María tener un extraño en la casa!  Si José lo llegaba a saber, !la que se iba a armar!   En esto pensaba cuando escuchó lo del niño que iba a tener.

-¿Yo, un niño?  Pero si todavía no me caso. José no ha puesto fecha. ¿Cómo puede ser esto?

Fue entonces cuando el ángel del Señor le aclaró: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Dios Altísimo descansará sobre ti como una nube…” (Luc. 1:35)

María no preguntó más. Tampoco pensó en lo que diría su prometido José.   ¿Y sus amistades? No tomó en cuenta sus posibles opiniones, pues súbitamente comprendió que Dios estaba llevando a cabo su obra en el mundo, con ella como instrumento, por eso dijo: “Yo soy esclava del Señor, que Dios haga conmigo como me has dicho” (Luc. 1:38).

Y así unidos, hombre y mujer, José y María, recibieron en su hogar al Hijo del Dios Altísimo.

Estos dos ilustres personajes fueron manos, por medio de las cuales Dios estaba haciendo su obra en la tierra.

Qué bueno será, en esta Navidad, meditar en que el nombre Emmanuel, pueda materializarse en cada una de nuestras vidas, y al estar convencidos de esta verdad, dejarle pensar a través de nosotros, dejarle hacer su obra a través de nosotros.

Emanuel, Dios con nosotros, Dios en nosotros, Dios a través de nosotros.

Este artículo fue publicado en la Revista “La Biblia” en el número del bimestre Noviembre-Diciembre de1983.

LOS MAGOS ADORARON

Por Thomas Hilton

Los magos aparecen rápidamente en la escena de la Natividad y entonces desaparecen. Hay mucho que nosotros no sabemos acerca de estos hombres, pero hay cosas que sí sabemos.

Primeramente, sabemos que ellos hicieron un largo viaje desde Arabia, Mesopotamia o las regiones más allá, y que hace dos mil años viajar era difícil.  Ellos viajaron enfrentando a los elementos naturales  – si llovía, se mojaban; si caminaban, sus pies se ensuciaban. Tenía la difícil tarea de mantener vivos a sus camellos, el temor de que los alimentos se les acabaran y la amenaza de los asaltantes a lo largo del camino. El gozo no estaba en el viaje –los magos realmente querían llegar a su destino. Ellos querían ver al Rey.

En segundo lugar, los magos no eran judíos –eran gentiles. El Antiguo Testamento hace claro que Dios actuó a través de su pueblo escogido, la nación judía, pero en el Nuevo Testamento es claro que el pueblo escogido de Dios lo forman todos los que tienen fe en Él.

Dios comenzó con los judíos, pero no se detuvo allí. Él concluyó Su plan con todos los que deciden poner su fe en Jesucristo: de cualquier raza, sexo, edad, ocupación, ingresos, o localización geográfica, de todas partes.

Tercero, cuando estos sabios entraron en la casa y vieron al Niño con su madre María, ellos se postraron ante Él. Esto no lo hicieron porque estaban débiles o exhaustos. Ellos se arrodillaron para adorarlo porque Él es el Rey de Reyes. Y ellos le dieron lo mejor que tenían, le ofrendaron sus regalos de oro, incienso y mirra, porque la adoración siempre incluye dar lo mejor que tenemos para nuestro Señor.

Este es el verdadero significado de la Navidad. Ella nos llama a venir a Jesús, quienesquiera seamos, de dondequiera vengamos, cualquiera que sea nuestro trasfondo cultural, cualesquiera cosas hayamos hecho. La Navidad nos llama a adorar al Rey.

OCHO DÍAS DESPUÉS DE LA NAVIDAD

No conocemos la fecha exacta del nacimiento de Cristo. La tradición sitúa tan importante acontecimiento a la media noche del 24 de diciembre. Para nosotros lo importante es el hecho del nacimiento. La fecha importa poco. Si el nacimiento de Jesús ocurrió el 25 de diciembre, su circuncisión –que ocurrió ocho días después del nacimiento- tuvo lugar el primero de nuestro actual mes de enero.

Se trata, pues de nuestro año nuevo, un día rico en experiencias cristianas. Días después José y María fueron al Templo con el niño, presentaron ofrendas y cumplieron con el precepto de la purificación. Fue ésta la segunda, quizás la tercera vez, que Jesús asistió a un culto público. En la primera ocasión un pesebre le sirvió de Templo, Él fue el único objeto de la adoración de los magos y los pastores. En las ofrendas hubo oro, incienso y mirra.  Predicó un ángel bajo el tema “Os ha nacido un Salvador.” El canto estuvo bajo la dirección de un coro de ángeles. Los resultados son claros ya que los adoradores “volvieron a su tierra por otro camino.” Esta frase para mí significa conversión, cambio de actitud, entrega total del ser a Jesucristo.

Llama  la  atención  el  amor  al  Templo  que  ardía  en  el  alma de José y de María.

El hecho es que ocho días después del nacimiento circuncidaron al niño, en obediencia a las Sagradas Escrituras.  Cuarenta días después del nacimiento, más o menos el primero de nuestro actual mes de febrero, fueron al Templo para presentar al niño. Estos dos actos  –circuncisión y presentación-  revelan obediencia a las Sagradas Escrituras y amor al Templo.  ¿Qué pasa hoy?  Padres hay que descuidan estos deberes sagrados.  He ahí la causa de nuestra crisis. No estamos obligados a llevar a nuestros hijos al Templo después que hayan llegado a la mayoría de edad. Pero debemos llevarlos mientras estén con nosotros.

En el Templo estaba Simeón. La Biblia lo presenta como un hombre anciano, de elevada moral, excelente adorador y gran patriota.  Además, San Lucas dice que el Espíritu Santo estaba en Simeón, le había prometido larga vida y lo guiaba al Templo.   Allí se encontró con el niño.  Fue tanta la emoción de este anciano, que hasta se despertaron en él ciertas inquietudes poéticas y bastantes afirmaciones proféticas.

¿Qué de Ana? Se trata de una respetable viejecita que vivía en el Templo. Tenía muchos años pero aún se mantenía activa. Predicaba, ayunaba, oraba, cuidaba el edificio. Vivía muy ocupada, pero al ver al niño agregó una nueva obligación a su vida: la de hablar de Jesús a todos cuantos esperaban la redención. Y Ana, la anciana mujer, no descansaba en el cumplimiento de ese deber.

¿Año Nuevo? Sí. En tan glorioso día José y María, al circuncidar al niño, sellaron su obediencia a las Sagradas Escrituras. Y un poco más tarde vino la purificación, otro acto de obediencia a la Biblia. Ese día –el de la purificación- la pareja fue al Templo, Simeón halló a su Salvador y le adoró; y Ana, llena de gozo por haber visto al Mesías, dio nueva modalidad a su mensaje. Quizás no pudo, debido a su edad avanzada, ir de aldea en aldea, pero daba su mensaje a las personas que pasaban a su lado.

José, María, Simeón, Ana, Jesús. He ahí a cinco personas que supieron llenar de contenido e inmortalidad a dos fechas sin importancia, el primero de enero y posiblemente el primero de febrero. Posiblemente en nuestras efemérides políticas y comerciales esas fechas no tengan gran valor. Pero lo tienen, y mucho, en nuestros acontecimientos espirituales. Navidad, circuncisión del niño Jesús y purificación de María, su madre. Todo ello regido por una fiel obediencia a la ley de Moisés, a las Sagradas Escrituras.

Ana, Simeón y yo, Modesto Montañés el autor de este artículo, en cuanto a la edad ahí vamos los tres. En lo de la fidelidad a Cristo, al Templo y a las Sagradas Escrituras, yo voy muy atrás de ellos. Procuraré seguirlos y espero alcanzarlos.

Este artículo fue escrito por Modesto Montañés, y publicado en la revista La Biblia,

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