ESCRITO POR : G A N James

Esta es la primera parte de una serie de dos partes de mensajes sobre la doctrina de la maldición, titulada El Mito de la Maldición Ancestral. Estos mensajes tienen como propósito desvanecer el mito de la doctrina desviada de la maldición ancestral y mostrar que la doctrina no tiene fundamento en la Palabra de Dios. En la primera parte miraremos (1) cuál es la doctrina de la maldición ancestral; (2) si las Escrituras apoyan la doctrina de la maldición ancestral; y (3) el rechazo de Dios de la idea de la maldición ancestral.

¿Qué es la Maldición Ancestral?

Sabemos que, de acuerdo con las Escrituras, la caída de Adán en el pecado trajo la maldición del pecado y la muerte sobre toda la raza humana y, como resultado, cada ser humano heredó por el nacimiento la naturaleza corrupta y pecaminosa de Adán.  Romanos 5:12 nos dice: “Por tanto, así como por un hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte por el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron.” En ese sentido, uno puede concluir que desde Adán y Eva, todos los seres humanos de generación en generación nacieron bajo la maldición del pecado, del cual Dios ha provisto plena salvación por la obra redentora de Su Hijo Jesucristo.

Sin embargo, ésta no es realmente la idea sostenida por los que propagan la así llamada doctrina de la maldición ancestral. La maldición ancestral es considerada una maldición específica, distinta de la maldición general del pecado. Esta maldición ancestral se dice ser una maldición en la forma de algún mal  augurio [agüero, predicción, pronóstico] que es como una plaga sobre un individuo o familia como resultado de alguna iniquidad particular o pecado cometido por un ancestro. Claramente la doctrina se basa en la superstición y el ocultismo. Se dice que las víctimas de las maldiciones ancestrales no tienen poder sobre los males que los aquejan. Ellos son considerados como víctimas inocentes de su destino maldito del que no pueden escapar. Su desastre proviene no de sus malas acciones sino del hecho de que alguien en la genealogía pasada cometió alguna clase de perversión, pudo haber sido inocentemente la víctima de una maldición, por la cual ellos, como descendientes de ese ancestro que fue maldecido, deben soportar las consecuencias perniciosas.

Usualmente, se piensa que la maldición ha sido impuesta sobre el ancestro por alguna clase de hechicería con el fin de que sea transmitida de generación en generación. Se cree que aun los cristianos, aunque se consideran salvos en Cristo, pueden ser víctimas de las llamadas maldiciones ancestrales. Esta creencia ocultista es sostenida por muchos en la religión cristiana por  interpretar mal ciertos pasajes de la Escritura.

La primera referencia en la Biblia a lo que parece ser una base para la doctrina de la maldición ancestral se halla en Éxodo 20:4-5: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen.”

Más adelante en Éxodo, la misma declaración se menciona cuando Dios se reveló a Sí mismo a Moisés. Éx. 34:6-7. “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. ”

La porción de este pasaje de la Escritura la cual algunos proponen ser una base escritural para la doctrina de la maldición ancestral es la parte donde se dice que Dios que castiga                  “la iniquidad de los padres sobre los hijos… hasta la tercera y cuarta generación.” Examinemos estos pasajes de las Escrituras cuidadosamente y veamos si verdaderamente el contexto en el cual la afirmación aparece provee alguna base real para afirmar que hay un apoyo escritural para la doctrina de la maldición ancestral.

¿Apoyan las Escrituras la Doctrina de la Maldición Ancestral?

Para demostrar que estos pasajes de la Escritura sostienen la doctrina de la maldición ancestral, un necesitaría asumir que dios juzgará o condenará al inocente o castigará a las personas por errores de los cuales ellas no son culpables. En otras palabras, Dios hace responsables a gentes inocentes por las iniquidades de sus ancestros. ¿Puede uno inferir correctamente acerca de los tratos de Dios con la humanidad a partir de estos pasajes de la Escritura?

Examinemos muy de cerca el pasaje de la Escritura en Éxodo 34:6-7, el cual da un contexto para la declaración de Dios “que visito la iniquidad de los padres sobre los hijos… hasta la tercera y cuarta generación de los que Me odian.” Esta pasaje de la Escritura se refiere a la revelación del carácter de Dios a Moisés hecho por Dios mismo. Ex. 34: 6-7: “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; “que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.”

Vemos en este pasaje que el Señor primero se revela a Sí mismo como “El SEÑOR, el SEÑOR, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado…”  En otras palabras, contrario a castigar injustamente al inocente, por Su misma naturaleza o carácter, el Señor extiende misericordia y perdón al culpable que se vuelve a Él en tristeza y arrepentimiento por sus iniquidades. Entonces la Escritura pasa a revelar “que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.”

¿Qué está, entonces, implicando la Escritura por esta última declaración? Al principio parece contradecir la primera declaración en la cual Dios se describe como “El SEÑOR, el SEÑOR, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado…”

¿Por qué declararía Dios que Él perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y entonces, al mismo tiempo afirma que Él “de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”?  Superficialmente parecería ser una contradicción  o inconsistencia en los tratos de Dios con los pecadores. No obstante, al examinarlo más cuidadosamente, lo que parecía una inconsistencia se desvanece. En este pasaje se trata de dos categorías de personas: los que son perdonados y los culpables. Los perdonados son los que humildemente se vuelven a Dios en arrepentimiento de sus pecados y aceptan el perdón por medio de la compasión, la gracia y la amorosa bondad  de Dios. Ellos ya nunca más pueden considerarse culpables porque ellos se han arrepentido y han recibido el perdón de Dios. Los culpables, entonces, son obviamente los que, como muestra la evidencia, continúan en iniquidad antes que arrepentirse y recibir el perdón de Dios.

Son tales personas culpables quienes, de ningún modo, quedarán sin castigo, porque ellos desprecian y rechazan la merced y el perdón de Dios. Jesús dijo esto muy claramente a Nicodemo en Juan 3:17-19: “Porque no envió Dios a Su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.”

Así, contrario a percepción errónea de que Dios castiga al inocente, la verdad es que siempre hay aquéllos que, aunque culpables de pecados, se tornan a Dios por misericordia, hallan Su perdón y escapan de la condenación, mientras que hay también otros que, también culpables de pecado, rechazan la oferta de Dios de darles perdón y con ello traen condenación sobre ellos mismos. La justicia divina invariablemente provee perdón y limpieza para cualquier pecador que se arrepiente y confía en Cristo. 1 Juan 1:9 afirma: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

De aquí se deduce que ninguna persona puede ser condenada de acuerdo con la justicia divina por pecados de los cuales ella nunca ha sido culpable, o de los cuales ha hallado perdón de Dios, entonces la declaración de la Escritura de que Dios castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, categóricamente no puede implicar que Dios impone el castigo de los padres culpables sobre sus hijos, nietos y bisnietos, hasta la cuarta generación de los descendientes que no son culpables ellos mismos.

Lo que es verdad es que si los ancestros practicaron la iniquidad y fallaron al no volverse a Dios buscando el perdón, y fueron juzgados por Él, entonces su posteridad de generación en generación, continuaron en los malos caminos de sus ancestros, que ellos recibieron por tradición de sus antepasados y no se arrepienten y buscan a el perdón de Dios, estos descendientes también, como sus ancestros, serían juzgados por estas iniquidades ancestrales que ellos siguen practicando y de las cuales son también culpables, en su respectiva generación.

La sociedad humana es una entidad cultural, en la cual el pecado y la impiedad, así como la maldición del pecado y el juicio por la perversión, se transmiten de generación en generación. Esta transmisión generacional del mal no se debe a un fenómeno místico inevitable, sino es en realidad una transmisión cultural de malos hábitos y prácticas de generación en generación. Sin embargo, cada generación, así como cada individuo de una generación, quien adopta y practica la iniquidad de acuerdo con las malas tradiciones de sus ancestros, tiene la opción de buscar el perdón de Dios y escapar de la condenación, o rechazar el perdón de Dios y sufrir la condenación. Ninguna generación o individuo bajo el gobierno justo de Dios, que sea inocente, recibe los juicios por la iniquidad de las generaciones anteriores.

Dios rechaza la Idea de la Maldición Ancestral

Es interesante que las Escrituras indican que Dios categóricamente prohíbe a Su pueblo sostener la idea de maldición ancestral.  Por  ejemplo, leemos  en  Ezequiel 18:1-4, 20, 25-27,     30-31: “Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿Qué pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre la tierra de Israel, que dice: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera? Vivo yo, dice Jehová, el Señor, que nunca más tendréis por qué usar este refrán en Israel. He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es  mía; el alma que pecare, esa morirá.  …El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo, la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él. …Y si dijereis: No es recto el corazón del Señor; oíd ahora, casa de Israel: ¿No es recto mi camino? ¿No son vuestros caminos torcidos? Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo morirá. Y apartándose el impío de su impiedad que hizo, y haciendo según el derecho y la justicia, hará vivir su alma.  …Por tanto, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos, oh casa de Israel, dice Jehová el Señor.  Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? ”

En este pasaje, vemos que los hijos de Israel estaban propagando el proverbio: “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera?” Tal proverbio claramente sugería la creencia en lo que hoy es conocido como una siniestra afrenta a Su justicia. Eso significaba que la gente estaba desvergonzadamente defendiendo la afirmación de que: ‘El camino del Señor no es recto.’ La clara respuesta de Dios a esto fue: “Vivo yo, dice Jehová, el Señor, que nunca más tendréis por qué usar este refrán en Israel. He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es  mía; el alma que pecare, esa morirá.  …El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo…”

Así, en conclusión, vemos que la doctrina de la maldición ancestral, que conduce al error, no tiene base en las Escrituras. Es una afrenta al carácter misericordioso de Dios y a su divina justicia, y es denunciado por Dios. Por lo tanto, la doctrina de la maldición ancestral es un mito. En nuestro siguiente mensaje sobre el mito de la maldición ancestral, mostraremos que el nuevo pacto quita la maldición del pecado y otorga bendiciones sobre todos los creyentes en Cristo.

Nosotros notamos que mientras la Biblia se refiere a la maldición del pecado o la maldición de la Ley que ha afectado a toda la humanidad de generación en generación porque todos hemos pecado, no hay apoyo en la Biblia para una así llamada maldición ancestral, la cual se supone que es heredada por ciertas familias de sus ancestros. Llegamos a la conclusión de que errónea desviada doctrina de la maldición ancestral es una afrenta al carácter misericordioso y  a la divina justicia de Dios, y es denunciada por Él.

En la segunda parte de esta serie discutiremos (1) la remoción de la maldición del pecado bajo el Nuevo Pacto de gracia; (2) las bendiciones de todos los creyentes en Cristo bajo el Nuevo Pacto de la gracia; y (3) en conclusión, la doctrina de la maldición ancestral es un mito.

El Nuevo Pacto de Gracia Quita la Maldición del Pecado

El concepto de una maldición ancestral no tiene ningún lugar en absoluto en el Nuevo Pacto de la gracia en el cual todos los creyentes en Cristo permanecen en la justicia de Dios. Jeremías proclama esta verdad en esta manera en Jer. 31:29-34: “En aquellos días no dirán más:           Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrán la dentera. He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo como un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquéllos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón;   y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.”

Mencionamos al principio de esta serie de mensajes que cada ser humano nacido en la tierra de generación en generación heredada la maldición del pecado de Adán. Así, en ese sentido, cada uno de nosotros, a pesar de la genealogía individual de ancestros, nació bajo la maldición del pecado por ser descendencia de Adán. El pecado y la maldición del pecado llegaron a ser definidos por la Ley de Moisés bajo el Antiguo Pacto. La incapacidad inherente del hombre pecador para guardar la Ley, y el juicio que viene como consecuencia de quebrantar esa Ley eran considerados como la maldición de la Ley. Sin embargo, bajo el Nuevo Pacto de la gracia, Dios ha traído a la humanidad la liberación de pecado y de la maldición de la Ley por medio de la obra expiatoria de Cristo Jesús.

Leemos en Gálatas 3:10-14: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: ‘Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.’ Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: ‘El justo por la fe vivirá;’  y la ley no es de fe, sino que dice: ‘El que hiciere estas cosas vivirá por ellas.’  Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’); para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.”

La maldición de la Ley es una maldición que es una consecuencia del pecado, la cual todos los hombres de toda tribu y raza han heredado, y no puede ser considerada como aplicada particularmente sólo a alguna clase de gente, por ejemplo, a una raza o familia particular, contrariamente al concepto de la maldición ancestral, de la cual se dice ser específica a ciertas razas o familias. Pero Cristo, por medio de Su obra redentora en el Calvario, nos ha redimido del dominio del pecado y de la maldición de la Ley y nos ha otorgado las eternas bendiciones de Dios.

El Nuevo Pacto de la Gracia Derrama Bendiciones sobre Todos los Creyentes en Cristo

Bajo la ley de Moisés en el Antiguo Pacto, la maldición de la Ley fue decretada sobre todos los que fallaban por no guardar enteramente la Ley de Moisés. Por lo tanto, ya que el pecado dominó la naturaleza humana, y ninguno podía guardar la Ley, la maldición de la Ley cayó sobre toda la humanidad de acuerdo con el Antiguo Pacto. La Biblia nos dice en Gál. 3:10: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: ‘Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.’

El Nuevo Pacto da al hombre la oportunidad de ser liberado de la maldición de la Ley por medio de la obra expiatoria de Jesucristo en la cruz del Calvario. Pablo nos dice en Gálatas 3:13-14: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’); para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.”

¡Alabado sea el Señor! Entonces, cada creyente en Cristo es bendecido. Leemos en Efesios 1:3: “Bendito sea el dios y Padre  de  nuestro  Señor  Jesucristo,  que  nos  bendijo  con  toda  bendición  espiritual  en los lugares celestiales en Cristo.” No hay ninguna maldición pendiendo sobre el creyente en Cristo. Nadie puede maldecir a quien Dios ha bendecido.

Éste es el verdadero Evangelio – las buenas nuevas que los ministros de Dios han sido enviados a proclamara a todas las naciones. Los ministros de Dios no son llamados a propagar fábulas y mitos, o a generar temor entre los creyentes por medio de enseñanzas desviadas que conducen al error y que no tienen base en la Palabra de Dios. El mito de la maldición ancestral busca robarles a los creyentes su paz y fe en la plena salvación de Dios en Cristo.  Dios ha dado a sus siervos un evangelio de salvación, esperanza y bendiciones para la humanidad en la obra consumada por Cristo en la cruz.

Pablo declara en 2 Corintios 5:18-21: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados,  y nos encargó a nosotros el ministerio de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: ‘Reconciliaos con Dios.’ Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”

Nosotros, quienes somos llamados a ser ministros de Dios, estamos autorizados por Dios para proclamar las buenas nuevas del Evangelio  – a declarar a todos los hombres que Cristo ha venido y ha reconciliado al hombre con Dios. Y, por lo tanto, todos los que creen en Cristo son bendecidos  y no puede ser afectados por ninguna maldición. Porque aquel a quien Dios ha bendecido, nadie lo puede maldecir. Es una afrenta a Cristo y Su obra redentora en la cruz para desviar a la gente a creer que ellos están bajo maldiciones ancestrales, aun después que ellos han llegado a creer en Cristo, en vez de declararles que Él los ha redimido de la maldición del pecado.

La Doctrina de la Maldición Ancestral es un Mito

Es claro que la doctrina de la maldición ancestral es un mito derivado del ocultismo. Ésta busca distorsionar las buenas nuevas del Evangelio y minar la fe en la efectividad de la obra redentora de Cristo en la cruz para librar a la humanidad de la maldición del pecado y otorgarle al creyente en Cristo la paz  y las bendiciones de Dios. Por lo tanto, cada creyente en Cristo debe estar alerta de ella. No sea engañado por ningún predicador que afirme que puede liberarlo de algún tipo de maldición ancestral. Ponga su fe en Cristo, quien, de acuerdo con las Escrituras, “nos redimió de la maldición de la ley…  para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.” Y, tenga la seguridad de que aquél a quien Dios ha bendecido nadie puede maldecir.

Terminaremos  con  algunas  palabras  de  un  bien  conocido  himno:  “Gozo  Universal”        [de su versión en inglés, nota del traductor]

“No crezcan más el pecado y el dolor,                                                                                                                 ni las espinas infesten la tierra;                                                                                                                  Él viene a hacer que fluyan Sus bendiciones                                                                                                 hasta donde se halle la maldición;                                                                                                           hasta donde se halle la maldición;                                                                                                                      hasta donde, hasta donde se halle la maldición.”

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