ESCRITO POR : CARLOS MARROQUIN

La noche previa a Su crucifixión, Jesús prometió a Sus apóstoles, y a quienes hemos creído en Él por medio del testimonio de ellos según Juan 17:20, que iría a prepararnos un hogar eterno. También prometió volver para resucitarnos y darnos un cuerpo glorioso e incorruptible, en el cual viviremos con Él en el cielo y le serviremos.  Por ello, el más grande evento que estamos esperando es el arrebatamiento o rapto de la Iglesia, el cual es inminente, es decir, puede ocurrir en cualquier momento.

Juan 14:1-3.  “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis.”

II Cor. 5:1.Sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos, eterna, en los cielos.”

II Cor. 5:6. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor.”

II Cor. 5:8.  “Pero estamos confiados, y más aún queremos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor.”

(Las  siguientes  citas  marcadas  LTT,   son  del  libro  “WHAT THE  BIBLE  SAYS  ABOUT

HEAVEN,  THE   BELIEVER’S   ETERNAL  HOME”    (“Qué  dice la Biblia  acerca  del  Cielo,

el Hogar Eterno del Creyente,” por Louis T. Talbot, -traducción de Carlos Marroquín Vélez)

LTT. “La triple afirmación de Pablo:  “Sabemos”, “vivimos confiados”  y “estamos confiados”, es  la  respuesta  del Espíritu Santo a  los  que sostienen que cualquier cosa que pueda decirse acerca del hogar celestial  del  creyente  es  todo  una  ociosa especulación y el producto  de  la  imaginación.   Hay ciertos hechos que nosotros, como creyentes en  la Palabra escrita y viviente, podemos saber más allá de toda sombra de duda.”

II Cor. 12:2-4. “Conozco a un hombre en Cristo que hace catorce años  (si en el cuerpo, no  lo  sé;  si  fuera  del   cuerpo,  no   lo  sé;  Dios  lo  sabe)   fue  arrebatado  hasta  el  tercer  cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.”

Al aparecerse con toda su gloria a Juan para revelarle el Apocalipsis, Jesucristo le recuerda que Él venció a la muerte, que tiene el control de todo y nos resucitará para llevarnos con Él y  hacernos reyes y sacerdotes suyos durante Su Reino Milenial en la tierra.

Apoc. 1:18. “No temas. Yo soy el primero y el último, el que vive.  Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”

Dios restaurará considerablemente este presente mundo en el cual se instaurará el Reino Milenial de Jesucristo.  Sin  embargo,  al final  de  Su reinado,  este planeta habrá de ser destruido, de acuerdo con II Pe. 3:10, para dar lugar a una nueva creación.

Apoc. 21:1-4.Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado y el mar ya no existía más. Y yo, Juan, vi la santa ciudad, la  nueva  Jerusalén, descender del cielo, de parte de Dios, ataviada como una esposa  hermoseada  para  su  esposo. Y  oí  una  gran  voz  del  cielo,   que  decía:  ‘El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron.’ ”

Apoc. 21:10-27.  “Me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto y me mostró la gran ciudad, la santa Jerusalén, que descendía del cielo de parte de Dios. Tenía la gloria de Dios y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. Tenía un muro grande y alto, con doce puertas, y en las puertas doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. Tres puertas al oriente, tres puertas al norte, tres puertas al sur, tres puertas al occidente. El muro de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. La ciudad se halla establecida como un cuadrado: su longitud es igual a su anchura. Con la caña midió la ciudad: doce mil estadios. La longitud, la altura y la anchura de ella son iguales. Y midió su muro: ciento cuarenta y cuatro codos, según medida de hombre, la cual era la del ángel. El material de su muro era de jaspe, pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio. Los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas. El primer cimiento era de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero de ágata, el cuarto de esmeralda, el quinto de ónice, el sexto de cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de crisopraso, el undécimo de jacinto y el duodécimo de amatista. Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente.

En ella no vi templo, porque el Señor Dios Todopoderoso es su templo, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera. Las naciones que hayan sido salvas andarán a la luz de ella y los reyes de la tierra traerán su gloria y su honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Llevarán a ella la gloria y el honor de las naciones. No entrará en ella ninguna cosa impura o que haga abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.”

LTT. “Esta maravillosa ciudad será el hogar eterno de todos los que han confiado en el Señor Jesucristo. Es donde Dios manifestará Su presencia, donde Cristo habitará en Su cuerpo resucitado. Será, además, reconocida como la capital del universo de Dios. Y, ¡oh qué insondable vastedad la de este universo! ”

“Las Escrituras hablan de tres cielos, y el contexto de cada pasaje determina cuál está en la mente del escritor.

Primeramente está el cielo atmosférico, donde vuelan los pájaros, soplan los vientos y se forma la lluvia. Satanás, el príncipe de del poder del aire, vive en algún lugar de esta área.

Luego tenemos el segundo, o sea el cielo planetario donde el sol, la luna y las estrellas se encuentran. Son éstos los cielos que “declaran la gloria de Dios,” como afirma el salmista.

Y por último, tenemos el cielo de los cielos, el tercer cielo, la residencia de Dios y el lugar  donde  moran  los  ángeles y los redimidos. Esta sagrada habitación de luz y gozo es “la residencia de Su santidad, el lugar donde habita Su honor.” Es diferente de las otras dos localidades porque está totalmente separada de las impurezas y las imperfecciones, las alteraciones y cambios de los niveles inferiores.

Finalmente los redimidos de todas los tiempos, por la gracia de Dios, tendrán su hogar en Su santa presencia.  Los santos del Antiguo Testamento estarán allí.  Antes de la muerte de Cristo en el Calvario, los espíritus de los justos que morían iban al Paraíso, que era una división del “lugar de los espíritus que habían partido.”  El hades o infierno era la otra sección. Aunque algunas veces la palabra hades se usaba livianamente para referirse a ambas secciones, como en el Salmo 16:10 y Hch. 2:27.

El paraíso en tiempos del Antiguo Testamento, no era lo mismo que el cielo, aunque lo ha sido desde la resurrección y ascensión de Jesucristo. Cuando el Señor Jesús murió en el calvario, Su cuerpo descansó en la tumba nueva de José de Arimatea por tres días, mientras Su Espíritu fue a donde descansaban los salvos que habían muerto desde los días de Adán hasta la muerte de Cristo. Por medio de Su muerte, Cristo abrió el camino para que los creyentes entraran al cielo, el lugar donde habita Dios. Y por ello, Él hizo posible que los redimidos del los días del Antiguo Testamento que se hallaban en el paraíso, un lugar de espera, ascendieran con Él hasta la presencia del Padre. Ya que todos los creyentes se identifican con Cristo por la fe, y ya que la muerte no podía en ninguna manera retenerlo, se concluye que cada creyente –ya sea que haya vivido antes del calvario o después de él-  tiene asegurada su residencia eterna en la presencia del Salvador.”

Sabemos  mucho  del  cielo  por  lo  que se dice que hay allí. Juan nos da una lista de  “ya no más”.  El cielo está hecho de la ausencia de muchos elementos que caracterizan nuestra vida en la tierra.   Allí no habrá más: “clamor, dolor, noche, tristeza, maldición, llanto, ni muerte.”  Viendo que todas las anteriores adversidades no pueden entrar en ese santo lugar para echar a perder el gozo del Paraíso, cada creyente anhela estar allí.”

LTT. El cielo es un lugar de inexplicable belleza. Se le llama un lugar de “muchas mansiones”, “un edificio de Dios, una casa no hecha con manos”, “una ciudad”,  “un mejor país”, “una herencia”, “gloria”. Nuestro Dios es un Dios de belleza.  Este mundo debe haber sido muy bello cuando acababa de salir de las manos de Dios. Aunque el pecado ha venido y traído caos y la angustia de la muerte a todas las cosas, aún permanece alguna evidencia de su gloria original. Pero la Nueva Jerusalén nunca conocerá el pecado y sus frutos. Será perfecta en forma y esplendor. A Juan se le concedió dar un vistazo de ella un día desde la isla solitaria de Patmos, y él trató de describir lo que vio. Pero ningunas palabras humanas podrían detallar la magnificencia que él contempló.”

El cielo es un lugar de compañerismo de todos los redimidos de todos los tiempos. Dios sin duda tiene infinitas sorpresas reservadas para nosotros. Pablo dice: “Antes bien, como está escrito: ‘Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman.’ Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu.” I Cor. 2:9-10. Piense en estar junto a Pedro y Juan. Piense en estar sentado con estos testigos de sucesos estupendos y tenerlos allí contándonos acerca de la transfiguración, la resurrección y la ascensión.  Imagínese conversar con Pablo y Silas; con María, la madre de nuestro Señor; con Elías y Daniel, con Abel el primer mártir. Conoceremos a los reformadores, Juan Huss, Martín Lutero, John Wycliffe y otros…  …veremos a Gabriel y a Miguel.  Contemplaremos  a  una  miríada de ángeles.  Nuestros amados parientes estarán allí –los que murieron confiando en la obra terminada en el Calvario…  …Pero, sobre todo, veremos al Señor Jesucristo, porque la Palabra de Dios nos asegura que “veremos Su rostro.”  Vamos a estar “por siempre con el Señor.” El cielo no sería el cielo sin Él.”

El cielo es un lugar de felices reencuentros.  El Apóstol Pablo consoló a los tesalonicenses quienes estaban apesarados por la muerte de sus seres queridos, diciéndoles: “Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.”  ¡Cuán vívidamente recordamos la ocasión cuando el servicio funerario vino para llevar el cuerpo  de  uno de  nuestros  seres queridos!  No reuniremos con ese ser querido de nuevo, si él o ella murió en Cristo.

Algunas gentes hacen la pregunta:  “¿Nos conoceremos unos a otros en el cielo? Si no pudiéramos reconocernos unos a otros en el cielo, como podría Pablo decir a los tesalonicenses: “… seremos arrebatados  juntamente con ellos [nuestros seres queridos que ya han partido]… “Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.” No habría ningún consuelo al ser arrebatados con nuestros seres queridos resucitados ¡si no pudiéramos reconocerlos, ni saber quiénes son ellos!  Como Moisés y Elías fueron reconocidos por otros en el Monte de la Transfiguración; como Esteban conoció a su Señor mientras moría apedreado,  y  como el rico en el tormento reconoció a Lázaro y a Abraham, así en la vida más allá de la tumba, cada uno de nosotros conocerá y será conocido.”

“Sí, habrá hermosas reuniones. Tenemos las propias palabras de Cristo asegurándonos esto en Mat. 8:11, “Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.” Ese versículo nos asegura que las personalidades serán preservadas. ¡Qué hermoso pensamiento!”

El cielo es un lugar de conocimiento universal y perfecto. ¡Cuán poco sabemos aquí en la tierra; aun el más sabio de los humanos! …En el cielo las almas con menos educación (según los estándares humanos) penetrarán en el gran océano de la verdad.

En el cielo entenderemos los misterios de Dios y por qué Él nos guio a lo largo del camino que nos parecía extraño.  …Entenderemos cuán plenamente cierto es la afirmación en Rom. 8:28: “Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.’ ”

Finalmente, el cielo será un lugar eterno. El tiempo ya no será medido por relojes o calendarios. Tendremos todas las edades eternas en las cuales adorar, alabar y servir a nuestro maravilloso Señor.   En Heb. 13:14, el autor se refiere a una “ciudad permanente”, en contraste con nuestras habitaciones perecederas en esta tierra.

…Pero la Nueva Jerusalén tiene a Dios como su constructor y hacedor, y nunca se acabará. La ciudad, y el gozo también, serán eternos. Sus glorias nunca menguarán.”

Cuáles serán los gozos y ocupaciones en la Nueva Jerusalén

LTT.  “En el cielo habrá un eterno despliegue de las glorias de Dios y de Su Hijo en la obra de redención. Este hecho se halla claramente implicado en Apoc. 22:1: “Después me mostró un río limpio, de agua de vida, resplandeciente como cristal, que fluía del trono de Dios y del Cordero.”

“Este versículo es parte de la descripción de la Jerusalén celestial, como la porción que sigue inmediatamente y dice: “la calle de la ciudad”, evidentemente identificándola con lo que ya se ha dicho en capítulo anterior. ¿Qué significa este “río limpio, de agua de vida”…que fluía del trono del Cordero? ¿No puede referirse al testimonio del Espíritu Santo acerca de Cristo? Los  creyentes  han  bebido  todos de ese testimonio aquí en la tierra, porque, como dice Rom. 8:16: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.” Pero, amados lectores, en las edades eternas habrá un recuento interminable de las glorias sin par de la Persona y obra de nuestro maravilloso Señor. Pasará delante de nuestros maravillados ojos como el fluir incesante de un río sin fin.

Este pensamiento se hace claro de otras porciones de la Escritura.  En el primer capítulo del Evangelio de Juan, se dice de Cristo: “En él estaba la vida”,  y que Él era “lleno de gracia y de verdad.”  También recuerda usted cómo habló el Señor mismo a la mujer samaritana pecadora  acerca  de la necesidad de beber “agua viva” para hallar gozo y paz.  Él  le  dijo:  “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías, y él te daría agua viva.” Juan 4:10.

“Él, quien era la vida, el dispensador del agua de vida, habló a una pecadora muerta en delitos y pecados, y se refirió al efecto del agua de vida en un alma. Hablando del agua del pozo de Jacob, Jesús le dijo: “Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” Juan 4:13-14.

“Estimado hermano creyente en el Señor Jesucristo, usted ha bebido de esa agua de vida que es Cristo mismo; de otra manera usted no podría ser salvo. Pero, entre las bendiciones de la Nueva Jerusalén está el fluir del río de agua de vida procedente del trono de Dios y del Cordero, representando a Cristo como Él tiene todavía que ser conocido. Maravillas frescas de la persona del Salvador serán reveladas por la eternidad.”

“En el cielo habrá adoración todo el tiempo. Acerca del hogar de los redimidos, Juan hace una afirmación algo sorprendente: ‘En ella no vi templo’, Apoc. 21:22.   Habrá un templo en la Jerusalén terrenal durante el Reino Milenial de Cristo, pero no habrá ninguno en la Nueva Jerusalén, el eterno hogar de los creyentes.   No importa cuán dulce pueda ser la idea de una casa terrenal de adoración para usted, cualquier estructura tal localiza a Dios. Pero en esa  ciudad celestial, no habrá templo porque, si puedo hablar así, toda la ciudad es un templo: “porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, son su templo.”  No habrá necesidad de ningún edificio para albergar la presencia divina y para excluir a algún individuo, porque continuamente los redimidos estarán conscientes de su función y privilegio como adoradores.”

Entonces, también, el cielo habrá alabanza continua. Una gran multitud se nos muestra en Apoc. 7:10 de pie ante el trono de Dios, clamando en alta voz: “¡La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero!”  En ese día, que ya se aproxima, nosotros pecadores salvados por gracia glorificaremos al Señor como verdaderamente se debe, porque entenderemos plenamente, como ahora no podemos hacerlo, qué significa ser salvos y cuánto le debemos a nuestro Redentor.”

En el cielo habrá también servicio continuo. Esto se afirma claramente en Apoc. 22:3: “no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en ella, sus siervos lo servirán.” La esfera de este servicio no estará limitada a la tierra durante el Reino Milenial de Cristo, sino a todo el universo creado. La iglesia reinará con Cristo en la tierra durante mil años, pero también estará involucrada con toda la creación de Dios, como un co-heredera con Cristo.   Finalmente, el servicio de los cristianos se extenderá a todo el universo creado.

Cuál será la naturaleza de este servicio no se nos ha revelado. Sin embargo, no nos cansaremos de él.  Alguien ha dicho: “Yo a menudo me canso en el servicio del Señor, pero no me canso de tal servicio. La fatiga aquí se debe a este cuerpo de humillación. Pero en aquel día que se aproxima, no conoceremos limitaciones o cansancio. Tendremos nuestros cuerpos glorificados, lo cual se discute con gran detalle en I Cor. 15:35-54.  El cuerpo glorificado del cristiano será glorioso, poderoso, honorable, incorruptible. Nuestros cuerpos resucitados serán como el cuerpo resucitado de Cristo:

I Juan 3:2: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es.”

Fil. 3:20-21: “Quiero conocerlo a él y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, si es que en alguna manera logro llegar a la resurrección de entre los muertos.”

“Que el cuerpo de nuestro Señor era real, así como el nuestro será real, lo afirman Sus palabras en Luc. 24:39-41: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Pero como todavía ellos, de gozo, no lo creían y estaban maravillados, les dijo: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’  Entonces le dieron un trozo de pescado asado y un panal de miel. Él lo tomó y comió delante de ellos.”

“El hecho de que Su cuerpo resucitado no ya tenía limitaciones se evidencia por haber desaparecido de su vista. Así también nuestros cuerpos tampoco estarán ya sujetos a las limitaciones con las que estamos tan familiarizados en esta vida.

Estimados hermanos, nunca nos cansaremos. Remontaremos los aires con alas como de águilas; correremos y no nos fatigaremos; caminaremos y no nos agotaremos. En este cuerpo glorificado prestaremos un servicio constante y perfecto, y nuestro servicio será totalmente para la gloria de nuestro maravilloso Señor.”

Oswald J. Smith,   en  su  libro  “The  Challenge  of  Life

(El  Reto  de  la  Vida), describe así la  Nueva  Jerusalén.

LA CIUDAD DE DIOS

La ciudad de Dios es considerablemente más grande que cualquier ciudad que yo haya visto, y bella más allá de lo que se puede describir. Esta ciudad mide 2160 km. de ancho, 2160 km. de largo y 2160 km. de alto. Yo no sé si es un cuadrado o cubo, pero no importa, porque sobrepasa mi imaginación de todos modos. Cubriría todo el territorio de los Estados Unidos desde Canadá hasta el Golfo de México, y desde el Océano Atlántico casi hasta las Montañas Rocosas – esta ciudad única.

Es tan alta que, si se dividiera en pisos cada uno a quince metros sobre el otro, sería tan cómoda que podría albergar ampliamente a todas las personas de todas las épocas. El muro alrededor de ella mide 66 metros de altura y está hecho de jaspe. Está sostenido por doce cimientos con los nombres de los doce apóstoles, y estos cimientos están recubiertos con toda clase de piedras preciosas. ¡Qué ciudad!

La luz que la ilumina es como el brillo de una piedra de jaspe. Entra a través de puertas, de las cuales hay doce con los nombres de las doce tribus de Israel:  tres en cada uno de los cuatro lados de la ciudad. Cada puerta constituye una sola perla. La ciudad misma es de oro puro, y a través de ella corre una calle ancha que tiene de miles de kilómetros de largo, también hecha de oro, un oro que es semejante al cristal claro. ¡Qué gloriosa ciudad!

Hay un hermoso río en la ciudad que fluye toda la distancia desde el trono del Rey y va  formando meandros en todas direcciones. Es claro, con agua pura nunca contaminada.  Al lado del río se yergue un árbol, lleno de vida que puede dar sanidad a miles de miles. Es una ciudad que no ha sido afectada por ninguna maldición y donde nada se marchita o deteriora jamás.   En el mero corazón de la ciudad se halla el radiante palacio del Rey. Su trono está rodeado por un hermoso arco-iris, semejante a una esmeralda. Al pie del trono hay veinticuatro asientos, ocupado cada uno por santos seres vestidos de blanco; y en la cabeza de cada uno hay una corona de oro. El acceso al trono luce como un pavimento de vidrio claro y cristalino. Cuatro magníficos seres permanecen de pie en guardia y cantan alabanzas al Rey, ante Quien se postran ellos en adoración.  Cuánto deseo poder describirla, pero no puedo. Las palabras son inadecuadas. Usted tiene que verla personalmente.

Jesús llamó a esta maravillosa ciudad “La Nueva Jerusalén” y “La Santa Ciudad.” En otras ocasiones Él habló de ella como “La Casa de mi Padre.”  ¡Qué expresión tan hermosa!  David se refirió a ella como “La Casa de Jehová.”  Luego Jesús también dijo que ella contenía muchas moradas, o habitaciones, de modo que es real y verdaderamente un hogar, tanto cómodo como bello. Generalmente nos referimos a ella como el “cielo”,  y, aunque hay muchas referencias a la misma en un Libro llamado la Biblia, sólo hay una plena y completa descripción de ella en sus dos últimos capítulos.

Estos capítulos nos dicen que solamente a los que califiquen les será permitido entrar en esta maravillosa ciudad. Ninguna cosa impura será admitida. Los mentirosos no podrán entrar en sus paredes de jaspe. Todos los incrédulos estarán excluidos. Los asesinos, los mediums espiritistas y los que se complacen en la inmoralidad de cualquier clase, se quedarán afuera.

¿Quiere usted ir allí? Recuerde, es un lugar preparado para la gente que está preparada. “ ‘Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor’. Sí, dice el Espíritu, ‘descansarán de sus trabajos.’ ” Apoc. 14:13.  De modo que, para gozar este descanso y felicidad prometidos, uno debe  “morir en el Señor.”  Y si usted muere fuera de la fe en Cristo, el cielo nunca será suyo.

Para “morir en el Señor” uno tiene que vivir en el Señor. Si usted está viviendo ahora en el Señor, entonces algún día “morirá en el Señor.” Para vivir en el Señor usted debe ser salvo y para ser salvo debe “Creer en el Señor Jesucristo” (Hch. 16:31), lo cual significa poner su confianza en Él.  Entonces, cuando usted muera, irá a habitar en esa ciudad por todas los incontables edades de la eternidad.”

Resumen de las características de la Nueva Jerusalén según Apoc. caps. 21 y 22.

  • Ya no hay más océano
  • Todas las cosas han sido hechas nuevas
  • Todos los creyentes heredarán las bendiciones de la Nueva Jerusalén
  • Dios el Padre habita entre Su pueblo, los creyentes pueden ver ahora el rostro de Él,    y Su nombre está en sus frentes
  • Ya no hay más muerte, llanto, ni dolor, ni maldición
  • No hay más impuros, ni quien practique abominación y mentira
  • La ciudad es un cubo de 2160 km. de largo, 2160 km. de ancho y 2160 km. de altura
  • La Nueva Jerusalén está hecha de oro puro, como vidrio cristalino, y tiene un brillo claro como una piedra de jaspe
  • La ciudad tiene un gran muro con doce puertas: tres a cada lado, las cuales tienen los nombres de las doce tribus de Israel. Cada puerta es una sola perla
  • El muro hecho de jaspe tiene doce cimientos de piedras preciosas: jaspe, zafiro, ágata, esmeralda, onice, cornalina, crisólito, berilo, topacio, crisopraso,  jacinto y amatista, y tienen los nombres de los doce apóstoles.
  • No hay templo en la ciudad, porque Dios y el Cordero son su templo
  • El trono de Dios y del Cordero está en la ciudad
  • El “río de agua de vida”, claro como cristal, viene del trono de Dios y del Cordero
  • A cada lado del río se halla el árbol de la vida, con doce clases de fruto; da fruto cada mes y sus hojas son para la sanidad de las naciones
  • No hay ni sol ni luna, ni día noche, porque el Señor Dios ilumina la ciudad y su lámpara es el Cordero.
  • Las naciones andan a la luz de la gloria de Dios
  • Las gentes reinan por siempre y los reyes de la tierra traen su gloria a la ciudad