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Antes de que dos ejércitos se enfrenten, lo primero que hace cada uno de manera secreta es elaborar una estrategia de guerra; entonces tenemos que entender que el primer campo de batalla es la mente, es allí donde se gana o se pierde.

 

Debido a esta realidad, Jesús exhorta al padre de un muchacho que estaba endemoniado a mantener la confianza: “Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23); aquel padre, le dice al Maestro; yo creo pero ayúdame a creer mas, su fe no era tan sólida, pero mantenía la esperanza.

 

Una mujer llamada Marta, había perdido a su hermano, ya hacía cuatro días que estaba muerto y sepultado, cuando Jesús llegó a aquel lugar y frente al sepulcro, mandó a quitar la piedra; la mujer dice, Señor hiede: “Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Juan 11:40).

 

La esperanza, viene de la palabra griega “elpis”, y en su mayor uso significa: “la feliz espera del bien”; es un sentimiento de confianza, es cuando esperamos lo que está fuera de la realidad presente: “Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a que esperarlo?” (Romanos 8:24).

 

¿Se puede perder la esperanza?

 

Lamentablemente si, se puede perder; las tribulaciones nos quitan el gozo, y quieren robarnos la paz. Hay ocasiones donde esas aflicciones vienen por culpa de otros y no por las nuestras.

 

Este era el caso del apóstol Pablo, mientras iba camino a Roma; después de pasar por varias dificultades y no habiéndosele escuchado su consejo, la embarcación a duras penas llegó a la isla de Creta, a un lugar llamado Buenos Puertos; de allí decidió zarpar para otro puerto llamado Fenice, para invernar en aquel lugar. Empezó a soplar una brisa del sur, e inmediatamente levaron las anclas y empezaron a navegar: “Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar” (versos 14-15).

 

Ahora la embarcación se encontraba en alta mar, en medio de un terrible huracán, ¿Cuántos de ellos, ahora deseaban estar en el lugar incómodo de Buenos Puertos? Lograron pasar por detrás de una pequeña isla llamada Clauda, allí los vientos no eran tan fuertes, así que con mucha dificultad lograron recoger el bote salvavidas y subirlo al barco; luego reforzaron la nave con sogas. Después teniendo el temor de quedar encallados en los bancos de arena, llamado la Sirte, arriaron las velas quedando a la deriva (versos 16-17).

 

Al siguiente día fueron sacudidos por una furiosa tempestad, entonces comenzaron a arrojar al mar la carga del barco, el tercer día también lanzaron al agua todos los equipos que había en la embarcación (versos 18-19).

 

“Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” (verso 20).

 

Allí estaba Lucas, él también era de los que se sentían sin esperanza. Dios permite la tormenta, para que aprendamos a depositarnos en él; solo en medio de ella podemos desarrollar confianza en Dios, solo al final de ella podemos dar testimonio de victoria.

 

En medio de aquella situación un hombre se puso en pie, entre las doscientas setenta y cinco personas que iban en aquella embarcación, dando palabras de ánimo y de seguridad, diciéndoles que la embarcación se iba a destruir, pero que ningunas de las personas perderían la vida (versos 21-22).

 

¿Por qué este hombre estaba tan seguro? ¿A qué se debía su gran confianza?

 

“Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quién soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo” (versos 23-24).

 

Aunque todos somos atribulados, existe una diferencia entre el justo y el impío: “La esperanza de los justos es alegría; Mas la esperanza de los impíos perecerá” (Proverbios 10:28).

 

Aquel barco y sus ocupantes llevaban ya catorce días perdidos en medio de la tormenta, en ese mismo día llegó la respuesta de Dios para un hombre que no había perdido la esperanza, Lucas la había perdido, Aristarco también, pero Pablo la mantuvo (verso 33). Catorce días sin comer adecuadamente, ahora Pablo tenía promesas directas de Dios; por eso invitó a que todos comieran. Hay momentos en los cuales alguien tiene que dar el primer paso: “Y habiendo dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer. Entonces todos, teniendo ya mejoránimo, comieron también” (versos 35-36).

 

Repitamos todos juntos, no solo con nuestras bocas sino también con nuestros corazones: “que se pierda todo, menos la esperanza en Dios”.