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Semanas antes del mes de diciembre, los escaparates, las plazas y los centros comerciales se inundan de luces, adornos y villancicos. En las ciudades y los pueblos, las casas y las calles se decoran con árboles de navidad, nacimientos y nochebuenas. A todas las personas les queda claro que es una temporada especial. Aun cuando el propósito legítimo de la Navidad no es que la ciudad esté adornada con elementos alusivos al nacimiento de Jesús, es muy pintoresco y nos recuerda que es un tiempo en el que el espíritu del hombre hace una pausa. Inclusive, durante las dos guerras mundiales del siglo XX, el 24 de diciembre se hizo un cese al fuego. ¿No es absurdo detener el asesinato por unas cuantas horas para celebrar la Navidad? Es verdad que el mundo cristiano busca transmitir un espíritu de benevolencia y generosidad en la víspera de esa festividad, pero resulta irónico porque, al terminar esos momentos de paz, los hombres siguieron asesinándose unos a otros.

De igual manera, en nuestros tiempos de “paz”, en cuanto pasa esta, tan esperada, época del año, después de que se abrieron los regalos, se celebraron las cenas de gala y se intercambiaron felicitaciones y “buenos deseos”, las personas regresan a la rutina sin que haya cambiado su perspectiva de la vida. Siguen viviendo con la misma incertidumbre y cargando los mismos problemas, no sólo personales, sino familiares, económicos y sociales; se olvidan rápidamente de la emoción vivida.

La Navidad dista mucho de ser lo que se nos ha inculcado. Más que una tradición, debería ser un recordatorio del propósito y del mensaje de la venida de Jesús a la Tierra.

Es apasionante el interés de la ciencia por investigar la posible existencia de vida inteligente en algún punto del universo. Se han hecho inversiones incalculables en sistemas capaces de rastrear sonidos y registrar cualquier señal proveniente del espacio exterior.

En los inicios de la era espacial se enviaron naves con información como música, fotografías, dibujos y objetos con el propósito de que, si una civilización extraterrestre llegara a encontrarla, conociera a los habitantes de este planeta Tierra y viera que somos distintos pueblos con lenguajes, culturas y razas diversas que pretenden dejar huella.

Muchas evidencias nos muestran la inquietud del ser humano por descubrir si existe vida inteligente más allá de las estrellas. ¿No es una ironía que el hombre anhele encontrar una inteligencia superior que nos diga cómo vivir en este planeta?

Durante décadas, la ciencia ficción y el cine, con toda su tecnología, se han esforzado por mostrarnos cómo serían los habitantes de otras galaxias. Por otro lado, sigue creciendo el interés por conocer las experiencias de las personas que relatan su encuentro con seres extraterrestres, aunque también está la otra corriente de personas que desacreditan estas historias. El interés sigue allí. La creencia de que no estamos solos en el universo se ha ido arraigando en la forma de pensar en el mundo.

Todo esto nos demuestra que, tanto para los científicos como para los intelectuales, resulta atractivo pensar en encontrar a alguien del exterior que venga a decirnos cómo vivir inteligentemente en este universo. Que vengan otros seres a “ponernos en paz” por la forma como estamos destruyendo a nuestro planeta y a nosotros mismos.

Durante la temporada navideña también es común escuchar mensajes angelicales por doquier. Con toda honestidad, ¿podemos creer que los ángeles realmente existen? En las diversas religiones del mundo se describen como seres de naturaleza espiritual, no terrenal, cuyo aspecto es semejante al de los seres humanos. Ángel o aggelos, en su raíz griega, significa mensajero. En muchas ciudades del mundo se les rinde tributo a través de expresiones artísticas como en la escultura y la pintura.

El arte de inspiración cristiana abunda en alusiones a estos seres angelicales y durante la víspera navideña, todas las denominaciones católicas, ortodoxas, protestantes y evangélicas leen en los Evangelios que un ángel se le apareció a María siendo ella virgen. Acerquémonos un poco más a esta joven que se encontraba ya comprometida para casarse, ¿qué estaría pasando por su mente? ¿Qué estaría pensando el hombre que sería su esposo? Lo más lógico es que estuvieran planeando su vida en común, los detalles de la celebración y cosas por el estilo. Pero, así de la nada, se le manifiesta un ser sobrenatural a María y le dice: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo…” (San Lucas 1:30-31).

El Evangelio registra que ella se perturbó, ¿tú te habrías conmocionado con semejante sorpresa? María le respondió sin entender qué clase de mensaje era ese. El mensajero celestial le explicó que Dios la había escogido para que en su vientre se albergara el que habría de ser el Salvador de la humanidad, el deseado de las naciones, el que venía a restaurar al ser humano de su deplorable condición, el enviado para dar libertad al oprimido y dignificar al caído: Emmanuel, Dios con nosotros.

La reacción de María fue muy natural: “¿Cómo será esto, puesto que soy virgen?”, o dicho de otra forma: es imposible que conciba sin haber tenido una relación biológica natural para ello. Y el ángel le respondió que sería concebido por el Espíritu de Dios. (San Lucas 1:26-38)

¿Has tratado de ponerte en su lugar para comprender mejor esa situación? María conocía las leyes naturales que dictan que se requería forzosamente la unión física del hombre y la mujer para desarrollar un nuevo ser. ¿Cómo era posible concebir fuera de las estructuras biológicas establecidas en las leyes naturales?

¿Qué opinan los científicos acerca de esta historia? Ellos no pueden aceptar la posibilidad de que ese ser extraordinario haya sido concebido por obra de Dios, el Creador de la estructura molecular del universo. Aun para muchos creyentes es difícil de aceptar por nuestra tendencia a razonar de acuerdo a la lógica humana y desde la dimensión del mundo limitado en el que operamos.

¡La concepción de Jesús fue un suceso extraordinario! Ese día se rompieron leyes que el hombre conoce como naturales y es en el momento en que se transgreden, que caemos en la cuenta de que existe Alguien más que gobierna la Tierra, que domina sobre la materia y que lleva un control absoluto sobre la historia.

Jesús nació en el momento histórico exacto en el que debía nacer. No nació en otro tiempo porque no es el hombre quien controla el destino de la humanidad, es más, ni siquiera controla su propia vida y la prueba de ello son los cementerios -que nos recuerdan que estamos de paso-. Nadie controla esta Tierra excepto El que la diseñó y la gobierna.

Me pregunto, ¿qué nos ha pasado en dos mil años? Me refiero a todos los que profesamos una fe en Cristo Jesús: católicos, ortodoxos, protestantes, evangélicos, etc. ¿Somos acaso los seres más ignorantes y retrógradas de la faz de la Tierra? ¿Cómo nos justificamos por no captar la magnitud de este mensaje a dos mil años de distancia?

Nuestra nación, desde hace ya quinientos años, predica una fe en Cristo Jesús, sin embargo, nuestras cárceles están llenas en tanto que la sociedad exalta todo lo que denigra al ser humano.

¿Cómo es posible que esta nación, con tanta pompa de cristianismo, no haya podido elevar la dignidad de sus ciudadanos? Aun con esa gran fe, existe mucho dolor y agonía en los hogares. ¿Quién nos ha engañado? ¿Quién nos mintió? ¿Quién nos tiene en la oscuridad?

Internamente, el hombre anhela comprender la vida y parece que un velo le ha oscurecido la mente impidiéndole ser una persona sabia e inteligente.

En el seno familiar en donde el amor debería unir a todos los miembros, se anida una tremenda miseria, depresión, odio y violencia. ¿Y qué podemos decir de la clase de políticos, comerciantes, trabajadores, intelectuales y teólogos de nuestro país? Toda esta desgracia se debe a que nosotros lo hemos permitido.

Si analizamos un poco nuestra cultura, nos damos cuenta que los mexicanos tenemos a Dios en los labios constantemente, es lamentable que se le perciba como en la mayoría de las sociedades cristianas del mundo, como un Dios lejano y distante de los asuntos cotidianos, como si no le interesaran en lo más mínimo.

Los creyentes hacen negociaciones con Dios sin darse cuenta de que Él ya hizo la provisión adecuada para que el hombre encuentre su plenitud y se conduzca sabiamente.

Hemos relegado a Dios al papel de religión, lo hemos querido colocar en templos y edificios para ordenarle que viva ahí. ¿Le complacerá ver que Su presencia se ha reducido a una serie de festejos? Pastores, Marías y pesebres por todas partes proclaman esa ignorancia.

En el tiempo en que Dios anunció que venía el Salvador, María se perturbó tanto que fue honesta al expresar: ¿quién soy yo para que Dios se haya fijado en mí?

No se sintió merecedora de tal honor, pero el punto importante no es quién haya sido ella, sino lo que Dios quiso de ella al hacerla partícipe de un evento que marcaría la pauta de la historia. El ángel le anunció que nacería Emmanuel: Dios con nosotros.

Dios siempre es el mismo, no ha cambiado. A Él no le interesa quiénes seamos o hayamos sido, sino lo que ha visto en nosotros. Solamente Dios, Quien controla la historia, puede transformarnos en personas que la impacten de manera significativa.

Durante el auge del Imperio Romano, Jesús fue concebido en la ciudad de Nazaret, ubicada al noroeste de Belén. ¿Será una casualidad que el emperador se le ocurriera de pronto ordenar que los israelitas fueran a empadronarse al lugar de origen de sus antepasados? El pueblo hebreo conocía bien su linaje, así como los escritos de los profetas, quienes desde milenios atrás habían dicho que el Mesías nacería en Belén. Los antepasados de José, por supuesto, eran oriundos de ese lugar. Nuevamente nos preguntamos, ¿será el hombre el que controla su destino o existe alguien superior al hombre que controla todo evento?

Se generó un gran movimiento a causa de ese decreto; imaginemos el éxodo de personas trasladándose hacia donde debían empadronarse, se saturaron los caminos y los lugares para hospedarse, que eran conocidos como mesones.

Es falso que José y María fueran tan pobres que no podían pagar hospedaje. Por sentido común podemos entender que en aquel entonces no existía el sistema de reservaciones y los albergues estaban a reventar.

¿Sabías que Dios tiene un gran sentido del humor? Créelo, Él mismo escogió dónde nacer. Tomó a una persona para nacer en un cuerpo humano y seleccionó el día y la hora en un punto geográfico ubicado en medio de dos fastuosos palacios romanos. El palacio de Herodes en Jerusalén, que se ubicaba aproximadamente a 10 kilómetros y un poco más cerca, el Herodiano, otro palacio de descanso de Herodes. Frente a todo ese despliegue de opulencia y poderío humanos, Dios decidió nacer ahí, en un pesebre utilizado para alimentar al ganado.

Dios escogió esa condición, en contraste con todo ese esplendor del poder pasajero de Herodes. Quiso demostrarnos que Él vino a rescatar a todo aquel que esté dispuesto a aceptar la oferta de albergar a Jesús, a quien le permita entrar en su vida para que la transforme de algo insignificante a algo muy significativo.

¿Puedes comprender ahora esta oferta? Dios no busca mentes con gran capacidad intelectual ni personas con determinada posición social o con habilidades portentosas. Él busca hombres y mujeres dispuestos a entender su limitación humana y que ya no quieran seguir viviendo en la incertidumbre y la infelicidad a la que han estado esclavizados. Dios espera la respuesta que escuchó de labios de María: “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra”. (San Lucas 1:38)

Ahora, pongámonos en las sandalias de José. Para empezar, ¿cómo recibiría la noticia de que a María, su futura esposa, aun virgen, se le apareció un ángel para decirle que había concebido al Hijo de Dios? Si a María le perturbó la noticia, a José lo derrumbó.

Tomemos en cuenta que, para los judíos, los ángeles eran parte de su historia. Estos seres son reales y como podemos constatar en las Sagradas Escrituras, al pueblo hebreo no se le dificultaba entender quiénes eran. La Biblia es profusa en pasajes que hablan de la intervención de estos seres celestiales en la vida humana, sólo que, muchas veces, tanto en el pasado como ahora, se les ha sacado de contexto, se les ha rendido culto pretendiendo convertirlos en algo diferente a lo que son en realidad.

Volviendo a los pasajes del Evangelio de San Mateo 1:19-25 y de San Lucas 1:26-35, ¿leemos acaso que José le creyó a María? José era un judío conocedor de la historia y de la relación de su pueblo con el Dios Todopoderoso, creció escuchando las acciones extraordinarias de Dios para liberarlos de la esclavitud, como la apertura del Mar Rojo, las plagas terribles enviadas sobre los egipcios y la manera como Él guió y alimentó a Su pueblo en el desierto durante 40 años. Ellos, mejor que nadie, sabían que Dios hablaba y hacía cosas que para Él eran naturales y para los hombres, sobrenaturales. Todo esto lo leían a diario en sus libros, era su historia y les fascinaba hablar de la grandeza y las maravillas de su Dios.

El Evangelio nos cuenta cómo José, en lugar de alegrarse con la noticia, intentó huir, ya que la ley judía decretaba que, si una mujer casada se embarazaba de otro hombre que no fuera su marido, tenía que ser apedreada hasta morir. María ya estaba comprometida en matrimonio con José y se le aplicaba la misma ley. La historia no registra las palabras de este hombre, pero es obvio que no pudo asimilar lo que sucedía, sin embargo, la prueba de que amaba a su prometida es que decidió escapar para quedar como irresponsable y evitar que ella fuera juzgada y muerta.

Al igual que José, es dudoso que cualquier otro hombre aceptara la teoría del Espíritu Santo, por eso Dios intervino enviándole al ángel a confirmarle en sueños que lo acontecido era obra Suya, de Dios mismo.

Por razones obvias, José ni siquiera intentó difundir la noticia de que su mujer estaba encinta por obra del Espíritu Santo.

La concepción de Jesús es un evento incomparable en la historia. Se estrella contra la estructura del pensamiento humano, rompe con la lógica porque no es posible enmarcar a Dios en el concepto limitado de la razón humana.

En nuestro país, como en tantos otros países que profesan una fe cristiana, vivimos como si Dios hubiera muerto y ya no pudiera actuar como lo hizo en tiempos bíblicos. Como si todo ese poder a favor de los suyos lo hubiera cambiado por un sinfín de ritos y ceremonias, y el ser humano espera ver si acaso, cumpliendo con todos esos ritos, Dios le hace el favor de intervenir.

El mensaje esencial de la Navidad es que es un acontecimiento que rompe con todos los esquemas. La gran ceguera puesta sobre el cristianismo es la desgracia que ha cambiado el suceso del nacimiento de Jesús por posadas efímeras, fiestas, intercambio de regalos, promesas y buenos deseos recitados al calor de una alegría muy superficial.

El ser humano está en una búsqueda continua y se pierde en caminos equivocados como la Nueva Era, la energía cósmica, terapias de todo tipo y extrañas corrientes de pensamiento, anhelando encontrar una mejor manera de vivir.

Cuando era candidato a la presidencia, el Republicano George W. Bush, fue entrevistado en un debate transmitido en vivo en el cual respondió que Jesucristo era el filósofo que más había impactado su vida. Con escepticismo, los reporteros insistieron en obtener otro nombre, a lo que él respondió: “¿Podría yo hablar de Cristo Jesús si mi vida no hubiera sido impactada por Él? Lo que puedo decir es que Jesucristo es Quien más ha impactado mi vida, es Quien más me ha dado, porque, cuando lo acepté como Salvador personal, yo sé lo que pasó en mi vida.”

Cuando concibió a Cristo Jesús en su ser, María experimentó algo extraordinario. Asimismo, todo aquel que ha recibido la Vida que Él trajo, experimenta una transformación total.

Sería hermoso que cada hogar conociera el verdadero significado del nacimiento de Jesús y que reinara el gozo, el amor y la paz entre los miembros de la familia. Es inconcebible que cada 24 de diciembre el ambiente de la celebración tradicional en la mayoría de los hogares sea sofocante y se convierta en un frente de batalla que prepare los siguientes excesos para el fin de año.

Dios había prometido que enviaría al Salvador para que todo aquel que en Él creyera tuviera la Vida (San Juan 3:16). El Mesías venía para dar al hombre la oportunidad de tener la calidad de Dios en sí mismo, para que cumpliera su propósito en la Tierra y prosiguiera con la Vida cuando su cuerpo regresara al polvo.

Jesús es la vida misma. Cuando una persona rechaza la vida de Jesús, ¿podrá tener paz en su corazón? ¿Podrá entender este mundo sin tener en su vida al que creó al mundo? Si no se tiene al que tiene la sabiduría, la inteligencia, a la fuente de paz y gozo, ¿tendrá algún significado nuestra existencia?

¿Cómo podremos vivir con calidad si sólo celebramos religiosamente la Navidad sin entender su profundo significado? Te toca a ti decidir hasta cuándo vas a permitir que este acontecimiento no se quede en un vano intercambio de regalos.

Quizás te hayas preguntado alguna vez dónde encontrar la fuente de vida y plenitud. ¿Cuál es el regalo que realmente necesitamos?

Sin duda, Dios no te enviará un ángel para decirte que eres bienaventurado y que si aceptas a Jesucristo, Él va a hacer que logres lo que siempre has deseado porque viene a darte una nueva vida. ¿Por qué no? Porque el ángel que se presentó ante María ya vino a dar ese mensaje. Posiblemente Dios ha dispuesto ahora que tus vecinos, tus familiares o algún amigo te hable de ello. En este momento, Dios está dándote a conocer el mensaje más glorioso de todos los tiempos. Se trata del mismo mensaje que escucharon los pastores de Belén cuando los ángeles vinieron a anunciarles: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor…” (San Lucas 2:8-20).

Mientras Herodes descansaba en su gran palacio, no lejos de ahí, nacía en el pesebre el hombre, el Rey de Reyes, el Dios encarnado, el Señor de Señores, la esperanza de todo ser humano.

¡Recibe estas buenas nuevas! Si tú no aceptas esta vida que Dios te ofrece, entonces tendrás que aceptar las otras ofertas ante ti, el sinfín de ideas que el mundo te ofrece y que jamás llenarán ese vacío en tu vida. Todas estas ofertas te prometen lograr la plenitud de tu ser sin el sentido correcto diseñado por Dios.

No hay puntos intermedios, el ser humano no puede vivir sin algo que lo llene internamente. Por esa razón, si rechazas la vida de Dios, tienes que aceptar forzosamente la vida de este mundo pero sin Dios y eso significa continuar en el mismo círculo vicioso: celos, egoísmo, envidias, amargura, odio, rencor, depresión, ansiedad y todo lo que desequilibra internamente a la persona.

Esto es lo que queda mientras no haya un cambio en el ser humano. La religión no te puede cambiar porque es externa. Si fuera posible que con tan solo cruzar el umbral de un templo Dios transformara a las personas, no tendríamos esta desgracia social. Puedes estudiar todas las filosofías y practicar la cantidad de disciplinas de la religión que quieras y adoptar multitud de corrientes de pensamiento, pero eso no te lleva a establecer una buena relación con Dios ni tampoco te hará ser hijo de Él.

Cristo no podía ser Hijo de Dios sin ser concebido por el Espíritu Santo, así como tampoco el hombre puede ser Su hijo hasta que recibe el Espíritu de Dios y lo deja albergarse en su interior.

Mientras el hombre rechace el Espíritu de Dios en su espíritu, jamás podrá concebir la vida de Dios ni podrá desarrollar su verdadero potencial. Aceptar esa vida en Cristo Jesús significa poder descubrir la belleza de la vida y comprender cómo vencer los problemas en todas las etapas del desarrollo.

Para formar el cuerpo de Cristo, el Espíritu Santo entró literalmente en María. Jesucristo declaró a sus seguidores que el mismo Espíritu puede estar hoy en ti, esto lo leemos en el Evangelio de San Juan 13:20 “…El que recibe al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió”. Y San Juan 14:23 “…Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada”. La morada es el lugar donde se habita.

La vida que Dios da no fue exclusiva para Jesucristo. Desde su partida hasta el día de hoy, todo ser humano, sin excepción, puede experimentar la maravillosa realidad que afirmó Jesucristo: tener la vida de Dios.

Nacimos con espíritu, alma y cuerpo, pero necesitamos la vida del Espíritu a través de Cristo Jesús para poder nacer espiritualmente y cuando Él viene y se fusiona con el espíritu del hombre, se comienza a comprender el significado de la verdadera vida.

Esto te puede parecer extraño, les ha parecido así a muchas personas. El mismo Evangelio de San Juan narra la historia de un hombre culto, líder religioso, teólogo, respetado por la sociedad hebrea y la romana en los tiempos de Jesús: el fariseo Nicodemo. Este hombre reconocía que las señales que hacía Jesucristo venían de Dios mismo, se asombraba enormemente al ver que Dios se manifestaba literalmente en Su calidad de vida. Una noche fue a entrevistarse con Jesús y Él le reveló esta maravillosa verdad: que existe una vida espiritual y todo aquel que recibe a Jesucristo en su corazón puede tenerla, ¡se nace de nuevo! Esto no significa que tengamos que volver al vientre materno para experimentar el parto. “Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (San Juan 3:1-10). Fue necesario que Jesús viniera a encarnarse y entregarse como un regalo, ofreciendo Su vida para que por Su Muerte y Resurrección fuera posible darnos una nueva vida.

Las palabras de Jesús registradas por el evangelista San Juan dicen textualmente en 3:15-16: “Para que todo aquel cree, tenga en Él Vida Eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga Vida Eterna”.

El que cree en Jesucristo recibe el regalo maravilloso de una vida nueva, ¡y se convierte en hijo de Dios! San Juan 1:12 dice: “Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su Nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, , ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”.

Nacer de nuevo no es una idea abstracta o un rito; no es una experiencia religiosa, mítica o mística. Tampoco es algo que se logra en el más allá o a través del círculo sinfín de reencarnaciones. Mucho menos es una fusión con la energía cósmica, ni tampoco es llamarse católico, ortodoxo, protestante o evangélico. Nacer de nuevo, como lo esclarecen las Escrituras, es un privilegio y un derecho de todo el que acepta la oferta de integrar a Jesús en su vida. Es un derecho otorgado por Dios y no por las doctrinas de los hombres.

Cada uno de nosotros llevamos internamente ese gran vacío, ese clamor por tener la oportunidad de reiniciar en la vida. Es el deseo de nacer de nuevo, de reconciliarnos con nuestro Creador y tener una vida de calidad y de victoria ante las adversidades. Ese deseo tiene que pasar a la acción, a la aceptación de la nueva vida. Nadie puede tomar esa decisión por ti, así como nadie puede comer por otra persona, se trata de una acción individual.

Al principio de este escrito mencioné cómo se gastan millonadas rastreando alguna señal de vida inteligente en el espacio que nos traiga respuestas para vivir mejor. ¡Esa vida inteligente tiene más de 2000 años de haber venido de los Cielos! Jesús bajó del Cielo para revelar que sí existe vida inteligente más allá de las galaxias y que es el deseo del Creador que conozcamos esa vida que se aplica de la misma manera sobre la Tierra.

Cuando Jesús dijo que al orar incluyéramos: “…Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre. Venga tu Reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo” (San Mateo 6:9-10), quiso dejar muy claro que Dios es un ser sabio e inteligente, que Él no es una creación de la mente humana y que reside físicamente en un lugar más allá de las galaxias.

El sistema de gobierno de Dios es ético-moral, es de principios y virtudes, no tiene contaminación ni corrupción de ninguna clase. Es un gobierno en el cual la sociedad celestial vive en orden y armonía como resultado de la aplicación de esa ética. ¡Eso es lo que Él desea para nosotros aquí en la Tierra! No desea que esa ética sea cambiada por una religión consistente en interminables ritos y ceremonias. No se trata de crear denominaciones, dogmas y doctrinas de hombres que lejos de esclarecer la naturaleza y el carácter de Dios, crean mayor confusión, dando como resultado grandes pérdidas en la vida terrenal de las personas y de las sociedades.

Cuando Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, ypara que la tengan en abundancia” (San Juan 10:10), fue para explicar que de donde Él vino -no de una dimensión geográfica terrestre, sino del lugar en el cual se dio origen a la existencia del universo al que pertenecemos-, lo hizo para darnos la oferta de una vida en abundancia en el presente, aquí y ahora.

Es obvio que Dios no nos dio la vida para continuar en la miseria que hemos provocado, o nos han provocado. Asimismo, es inaceptable culpar a Dios por las desgracias que padece el ser humano o por la maldad en su corazón. Dios dio al hombre un elemento esencial en la vida: la libertad. El hombre es libre de aceptar o rechazar a Dios; es libre de hacer de Dios una religión y acomodarlo a sus intereses, así como de aceptar la vida que Dios le ofrece y exclamar: ¡Señor, hágase en mí conforme a tu voluntad!

Le pido a Dios que esa experiencia se haga realidad en tu vida como lo es en la mía. Millones de personas han tomado esta decisión, tal vez conozcas alguna para que puedas darte cuenta del cambio que han logrado en su vida.

La transformación que queremos para nuestra nación no será posible sin esa transformación interna. Jesucristo también dijo: “…Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida; Nadie viene al Padre sino por mí. Si me hubierais conocido, también hubierais conocido a mi Padre…” (San Juan 14:6-7).

Nadie puede tener acceso al conocimiento de Dios si primero no entra por la Vida que Jesucristo otorga. Él vino como hombre para enseñarnos a vivir como seres humanos, pero también vino como Hijo de Dios para enseñarnos a vivir como hijos de Dios. ¡Ese es el verdadero regalo de la Navidad!

Dios quiere que tus sueños sean una realidad y hoy te brinda esa oportunidad. Si eliges “vivir” de manera disipada, preso de los vicios o de la indiferencia, hazlo, nadie te detiene. Pero no te olvides de estas palabras para que, en el momento que llegues a experimentar el fracaso y la asfixia de tu existencia, antes de contemplar el suicidio o de seguir hundiéndote lentamente, acuérdate en lo profundo de tu alma que Dios te ama. No le importa tu pasado ni quiere recriminarte tu estado actual; Dios sabe que por las elecciones de tu vida ya estás perdido o perdida. Lo que le importa es saber si aceptas que Cristo nazca en ti y te transforme en esa nueva persona.

Si ahora mismo estás experimentando esa asfixia, hay manera de detener eso. Es posible modificar aquello que hasta a ti mismo, o a ti misma, te causa desprecio. Este día toma una decisión, no la dejes para mañana, porque nadie sabe lo que le traerá el futuro.

Si le dices sí a Cristo, comienzas un viaje en el cual encontrarás oposición y confrontarás muchas personas que no pueden, ni quieren, comprender lo que te sucede, pero Dios te enseñará cómo vivir de una manera diferente para que tu sueño se haga realidad. Podrás progresar en tu economía, en tu vida familiar, en tu sociedad y en toda tu vida con reglas que te darán grandes resultados. Piensa que, si Dios creó la Tierra, el universo y todo lo que existe con tanta belleza, ¿no podrá hacer algo bello de ti?

Este es Su sentido del humor: Dios decidió nacer en un pesebre para que el mundo entero se dé cuenta de que Su poder es de Él y de que lo despliega donde y con quien le place.

Dios busca personas que quizás nunca han recibido ningún reconocimiento, pero no toma en cuenta su pasado, sino lo que pueden llegar a ser en Cristo Jesús. Una vez que Dios te ha acogido en Su familia, conforme a tu fidelidad, irá ampliando todo tu potencial para que conozcas Su Palabra, que es en donde revela Su carácter y Su ética, así como tu propósito sobre la Tierra.

Sin Cristo no podemos vivir realmente. ¿Aceptas Su regalo? ¿Quieres saber cómo recibir a Jesús en tu vida y cómo ser un verdadero hijo o hija de Dios? Te aclaro que no estoy hablando de religión, ni de pertenecer a alguna denominación. Estoy diciéndote cómo puedes reconciliarte de una vez por todas con tu Creador, Señor y Dios para ser parte de Su familia universal.

Primero, reconoce lo que Dios ha hecho por ti. Te dio un regalo que nadie, humanamente, te puede dar porque no existe suficiente dinero en el mundo para comprártelo, ese regalo es Jesucristo. Jesús vino del cielo para pagar por el pecado de la humanidad. Dios le cargó a Él nuestras culpas y ofensas, todas nuestras rebeliones contra Él. Nadie tiene todo ese amor por ti. En San Juan 3:16 leemos: “porque de tal manera amó Dios al mundo (se refiere a ti), que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga Vida Eterna”. Es difícil creerlo, pero es la verdad, Jesús te ama tanto que lo que sucedió en la cruz lo hizo por ti. ¿Sabes por qué? Porque Dios declaró que lo vales, Él te ama.

Segundo, tienes que arrepentirte de tus pecados. La palabra “pecado” está tan desgastada y confusa que no sabemos darle la importancia que tiene para Dios. Muchas personas que se consideran “muy morales” clasifican el pecado de manera muy diferente a la de Dios. La palabra pecado en griego es hamartia, que literalmente significa errar el blanco. El pecado es una distorsión moral de los pensamiento y acciones humanas. Es un poder organizado que tiene su asiento en la voluntad. Nos resulta imposible no pecar, ya que somos medidos por la ética del carácter y valores de Dios como lo revela Su Palabra, no por la ética humana. Jesús fue contundente al declarar: “…Si ustedes no os arrepentís (si no toman otro camino), todos pereceréis igualmente” (San Lucas 13:3) “…El Reino de Dios se ha acercado; arrepentíos (cambien) y creed en el evangelio(la Buena Nueva) (San Marcos 1:15). Arrepentirse del pecado no es sentirse mal y ya; es reconocer que necesitas cambiar tu mente, el estilo equivocado de vida que llevas y dejar de errar.

Tercero, reconoce que sólo Jesús te salva de la vida de pecado y condenación terrenal y eterna. Ningún esfuerzo personal o institución humana lo hará. Tienes que aceptar a Jesucristo como tu Salvador y Señor. La salvación significa ser liberado, preservado y al aceptarla tendrás todos los beneficios que Dios quiere para ti: te enriquecerá espiritual, emocional, intelectual y físicamente, así como en todas las áreas de tu vida familiar, económica y social. Tendrás acceso a todo lo que le corresponde a alguien que acepta a Jesús: los derechos de un verdadero hijo o hija de Dios. Entender que sólo Él puede salvarte es una garantía para recibir el poder de Dios y vivir con gozo y victoria. “Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su Nombre” (San Juan 1:12). La confianza que deposites en Él debe ser absoluta, sin reserva alguna.

Cuarto, declara abiertamente tu decisión de haber aceptado a Jesús como tu Salvador y Señor. Recuerda alguna ocasión en la que hayas recibido un regalo o un beneficio que consideraste tan valioso que corriste a compartir la noticia con otras personas para que participaran de tu gozo. No te quedes con el secreto de tu decisión, recuerda esta advertencia de Jesús: “…Todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los Cielos” (San Mateo 10:32-33). El Apóstol San Pablo declaró: “Porque no me avergüenzo del Evangelio, que es el poder de Dios para la salvación a todo el que cree…” Esta Buena Nueva nos revela cómo Dios hace justos a los hombres, por la fe y para la vida de fe, como lo dijo la Escritura: “el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17). Cuéntalo, cuéntaselo a quien te preste oído, eso afianzará tu confianza y convicción en Dios.

Quinto, prepárate para una vida de grandes cambios y desafíos que te llevarán día a día a que perfecciones tu nuevo ser. Ante las grandes adversidades podrás decir como San Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). En otra de sus cartas escribe: “…Como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).

Recuerda: no lo dejes para mañana. ¡Inicia esta nueva vida hoy! Con tus propias palabras puedes abrirle la puerta de tu corazón y decirle a Jesucristo que lo recibes como tu Señor y Salvador. Si te parece difícil encontrar palabras para recibir su regalo, te propongo que le digas, en voz alta, lo siguiente:

“Dios Padre, reconozco que te he ofendido con el estilo de vida que he llevado. Ahora comprendo Tu amor por mí al enviar a Jesús. Me arrepiento de mi pasado, del cual Tú tienes pleno conocimiento, pues nada está oculto para Ti. Mi voluntad es darle la espalda al pecado y reconocer a Jesús como mi Salvador y Señor. Desde este momento me comprometo ante Tu presencia a vivir de acuerdo a Tus principios, como lo establece tu Palabra. Todo esto lo digo y lo acepto en el nombre de Tu amado Hijo, Jesucristo. Así sea.”

CONCLUSIÓN   Espero que hayas aceptado hoy el regalo de la vida de Jesucristo en tu propia vida, que hayas entregado tu vida vieja por la nueva vida que Dios te ofrece. Si has recibido la vida del Espíritu, de manera similar a una semilla, ha brotado en tu espíritu. Una semilla ha germinado y debes tener cuidado de esa vida nueva. Tu vida anterior ya ha sido perdonada. ¡Has roto las cadenas!, ya no estás preso ni condenado. Tienes que seguir cultivando esa nueva vida. Para hacerlo necesitas leer diariamente la Biblia, la Palabra de Dios, que nutrirá tu nuevo ser. No veas la Biblia como un libro religioso, pues no lo es, en realidad es la revelación del carácter de Dios y es en donde se encuentran las respuestas a toda inquietud del ser y el hacer humanos. Asimismo, busca reunirte con otras personas que tengan la vida nueva en Cristo Jesús. Ora diariamente a tu Padre Celestial y cultiva tu relación con Él con el mayor cuidado. Te ha dado el mejor regalo que jamás habrías soñado recibir. Por medio de ti también nace la esperanza de crear una mejor sociedad y de forjar una cultura que refleje los valores éticos del gobierno de Dios. ¡Felicidades!, ahora sí conoces el Verdadero Significado de la Navidad. Queremos que tengas mayor conocimiento sobre la nueva vida que has comenzado, por lo que te recomendamos leer “Una vida nueva para ti” NOTA: Las referencias bíblicas fueron tomadas de la Biblia de las Américas. Copyright ©, 1997 by The Lockman Foundation.