Siempre habrá una puerta que me llevará a la salida inmediata, esa puerta que me permite huir de todos mis problemas. Siempre es más fácil escapar, huir que enfrentar el problema de frente, huimos porque tenemos miedo o porque no somos capaces de hacerle frente a lo que tenemos frente a nosotros.

Posiblemente tenemos temor a salir lastimados, y por eso nos damos a la huida, pero huir no aliviará el problema, huir no es la mejor ni la única solución. Porque donde sea que valla siempre me seguirá el problema del que trato escapar. La mejor manera de solucionar mis problemas, es enfrentándome a él; sé que saldré herido, posiblemente llore, pero tendré la certeza que enfrentándome al problema, estaré en completa paz. ¿Enfrentarme solo es la mejor solución? Claro que sí, o mis problemas son de interés colectivo, ¡no! Mis problemas son únicamente míos, yo debo enfrentarme a ellos, debo estar consiente de mis fortalezas y debilidades para poder salir vencedor.

Sí me considero lo suficientemente espiritual, claro que mi ayuda será espiritual, y seré vencedor sin dudarlo, porque Dios es quien me fortalece, pero si no me considero espiritual, mi batalla será más dura, y más cruel,  y mis heridas aún más profundas, tardarán mucho tiempo en sanar. Pero cuando Dios pelea por mí, estoy tranquilo, tengo paz en mi ser, mi alma esta quieta, no tengo ningún temor, porque sé que Dios es quien me ha dado la victoria por completo.

La mejor salida a todos mis problemas, dificultades, es la oración, no aquella oración que no tiene sentido donde mis palabras son vagas y superfluas, Dios conoce lo más profundo de mi corazón y él sabe cuándo mi oración es totalmente sincera, franca. Mi oración delante de Dios siempre será sincera, porque delante de él, estoy expuesto totalmente; delante de Dios no puedo ocultar absolutamente nada, Dios me ve como realmente soy, y muchas veces desconocemos esa parte importante, ser nosotros mismo en la oración y en nuestro caminar diario.

Mi oración debe ser sincera, no debo utilizar palabras o frases complejas, ¿a quién engaño? ¿A quién quiero impresionar?, a nadie, a Dios no lo impresiono con nada, él me conoce y sabe exactamente cuando mi oración es falsa, si es falsa él no me escucha, no me presta atención. Ser sincero conmigo mismo es el secreto para que me presente delante de Dios tal como él me ve, si sincero en la oración, tengo por seguro que Dios presta atención a mis suplicas.  La oración debe ser agradable a Dios, debe ser según Su voluntad. Debemos pedir algo conforme la voluntad de Dios para que podamos tener respuesta a nuestra oración. ¿Pero cómo saber si nuestra oración es conforme a Su voluntad? Cuando estamos en oración, debemos sentir paz, esa paz que solo Dios puede dar. Si tenemos seguridad en que nuestra oración es agradable a Dios y pedimos algo que no es envidioso o para llenar nuestros deseos, seguramente tendremos respuesta a nuestra petición.

Muchas veces, tal vez no llegará una respuesta en el momento que queremos, podremos esperar mucho tiempo, o quizás nunca tendremos respuesta; tener confianza en que Dios sabrá cómo respondernos es ser humildes, la mejor respuesta tal vez sea un no.