Todas nosotros tenemos tres perspectivas, debemos tomarlas muy en cuenta en nuestro vivir. Dos de ellas son las más importantes, y la tercera no hay que olvidarla, tarde o temprano podemos incluirla, pero debemos tener cuidado como la vamos a aceptar, en un principio puede dañarnos si no estamos preparados, o tal vez no. Todo depende de nuestra propia autoestima, de ese amor propio que debemos profesarnos diariamente. No significa que nos adoremos, que nos rindamos culto diariamente, pero si implica cuidado, respeto, amor, cariño, sinceridad. Como seres humanos dependemos en gran manera de ese amor propio que debemos tener.

La primera perspectiva que debemos tomar en cuenta es la de Dios, siempre nos está viendo, nos observa cuidadosamente, está pendiente de nosotros día a día. Y lo que dice acerca de nosotros debemos tomarlo muy en cuenta, cada palabra o frase que Dios nos dice, debemos aceptarla como tal, él nunca se equivoca y nunca nos dirá algo que no somos en realidad. Es importante conocer lo que Dios ha puesto en nuestro interior. Conociendo nuestro interior podremos saber exactamente lo que Dios dice de nosotros, cada uno se conoce a la perfección, solo basta con ver muy dentro de nuestro ser y ser sinceros con nosotros mismos. La sinceridad juega un papel demasiado importante en nuestro crecimiento personal. La sinceridad hace que diariamente me diga cómo me siento conmigo mismo, con las personas que me rodeo diariamente, con quienes trabajo. Sin sinceridad hace que sea hipócrita. La hipocresía viene a dañar todo nuestro ser, daña nuestro corazón, nuestra mente, pudre todo lo bueno que Dios ha puesto dentro de cada uno de nosotros. Daña lo más importante, nuestra vida.

La perspectiva de Dios, no es externa, no es interna, es divina. Dios es un ser sobrenatural, las leyes de la naturaleza no lo dominan, no le ponen límites, a Dios nadie le puede decir lo que tiene que hacer. La perspectiva divina, afecta todo nuestro ser, no deja una sola célula fuera, todo lo cubre, todo lo llena, Dios está al mando de lo que nosotros creemos acerca de nosotros mismos. La perspectiva divina afecta nuestro interior, afecta nuestro exterior. ¿Quizás me preguntes como afecta nuestro exterior y nuestro interior si Dios es divino? El cambio que Dios obra es nuestro ser primero ocurre interiormente, afecta todo nuestros ser internamente, empezando por nuestro corazón, luego nuestra mente, cada célula la va llenando de su amor y bondad, y esa bondad, ese cariño, ese amor propio que Dios ha puesto dentro de tu ser la muestras en tu exterior. Tu exterior es lo que los demás pueden ver, pueden apreciar, pueden tocar cuando te dan un abrazo, un beso, cuando una lágrima recorre tus mejillas, por felicidad o tristeza. Dios afecta todo tu ser, internamente y externamente. La perspectiva divina obra un cambio radical y sobrenatural en nuestra vida.

No debemos olvidar que nuestros amigos, nuestros seres queridos, juegan un papel importante en cada minuto de nuestra vida, en cada segundo que estemos con ellos afectan nuestro caminar por este mundo. Cuando expresan palabras de ánimo, cuando te felicitan por un logro obtenido, cuando te abrazan por un éxito más, te alaban. Pero al mismo tiempo te pueden destruir. Te lastiman de tal manera que toda la luz que había en ti, se ha esfumado de un instante a otro. Esa luz que tenías en un principio desapareció con el simple hecho de escuchar una palabra, “lo que haces no sirve para nada”, “eres un haragán”, “eres un desconsiderado”. Las palabras hieren, lastiman, crean odio, las palabras quedan grabadas en nuestro cerebro que es casi imposible eliminarlas en el instante. Cuando las recordamos constantemente, nos destruyen todos nuestros sueños. Quedan inmersas en cada acción que emprendamos que tenemos miedo a esforzarnos, tenemos miedo a avanzar.

Nos han lastimado demasiado que palabras de ánimo, ya no quedan en nuestro corazón. Esa perspectiva externa, termina por lastimarnos, termina por destruirnos muy lentamente, y el proceso de sanación lleva tiempo, tiempo que debemos tomarnos para borrar todos esos malos pensamientos que el subconsciente ha guardado por tantos años. Esa perspectiva externa, hace que la imagen que tenemos de nosotros mismos, se vaya destruyendo lentamente, lo que creíamos que éramos. Se ha esfumado en segundos. Las palabras hirientes de nuestra familia, nuestros amigos. Aquellas personas que creíamos ser nuestro apoyo, son quienes más daño han ocasionado.

Estamos acostumbrados a vivir por las palabras de las demás personas. Casi nunca nos auto elogiamos, raras veces nos decimos a nosotros mismos palabras de ánimo, palabras de fortalezas. Siempre estamos esperando que esas palabras vengan de fuera, no de adentro. Que grave error hemos estado cometiendo. Nos han educado de esa forma. Que las palabras de éxito, de fortaleza no debemos decírnoslas nosotros mismos, nos pueden decir que somos orgullos por el simple hecho de felicitarnos a nosotros mismos. Así es el mundo. Así son las personas de egoístas, estamos tan acostumbrados que el elogio venga de fuera no de adentro. ¿Por qué no elogiarnos? ¿Acaso es malo que nos elogiemos, que nos amemos nosotros mismos? Claro que no es malo, es lo mejor que podemos hacer. ¡Bien hecho!, ¡así se hace!,

Nos falta más amor propio. Necesitamos querernos un poco más. Lo que menos deseamos escuchar son palabras hirientes, palabras que nos hagan sentir mal. Palabras hirientes que lastiman nuestros sentimientos. Somos personas llenas de sentimientos y emociones. Cuando nos emocionamos es señal que estamos vivos, cuando lloramos es señal que somos humanos, que tenemos compasión, que tenemos un corazón que palpita segundo a segundo, tenemos vida.

Pero hay quienes se dedican únicamente a lastimarnos de tal forma que lo que pensamos acerca de nosotros, no vale nada. Qué más da lo que ellos digan acerca de nosotros. Lo que importa e interesa realmente es lo que nosotros creemos acerca de nosotros mismos.

Esa tercera perspectiva es lo que yo creo acerca de mí mismo. Esa perspectiva interna y personal debemos tomarla muy en cuenta. Es la más valiosa. Es la que nos hace seguir nuestra meta, es la que nos dice ¡estamos vivos! Como me amo a mi mismo, como me respeto, como soy sincero conmigo mismo, todo lo que los demás digan acerca de mí, sea verdadero o falso. No me afecta en nada. Porque ese amor propio que me profeso, hace que todo lo demás sea una nube que desaparecerá pronto, cuando la luz sale, la nube desaparece.

Siempre nos dicen que debemos respetar a los demás, debemos dar amor, dar cariño a los demás. ¿Pero cómo voy a dar amor, cuando no lo tengo? Para dar algo, primero debo tenerlo. Es irreal e ilógico que me pidan algo que no tengo. Es como si alguien venga a mí y me pida mil dólares porque los necesita para hacer un pago. Mi respuesta posiblemente sean las siguientes: Si tengo mil dólares claro que se los daré. Porque los tengo, puedo darlos, puedo prestarlos a alguien. Lo mismo pasa con el amor, si no tengo ese amor. ¿Cómo lo voy a dar? Pero si tengo los mil dólares conmigo, claro que se los daré, lo mismo sucede con el amor, si tengo amor, claro que lo daré.

La perspectiva interna es la imagen que yo tengo acerca de mí mismo, esa perspectiva divina es lo que yo creo y conozco acerca de mí. Debo ser sincero conmigo, si no existe sinceridad, como voy a ser sincero conmigo. Debo tener amor propio para poder dar amor, debo ser sincero conmigo para poder ser sincero con alguien más. Yo soy el único que puede ponerse límites, nadie puede poner límites a la imagen que tengo acerca de mí mismo. Yo soy el único que puede decidir en mi vida.

Las decisiones son exclusivamente mías. Deben ir de tomadas de la perspectiva divina, la perspectiva divina y la perspectiva interna. Lo que Dios cree acerca de mí, y lo que yo creo acerca de mí, van tomadas de la mano, una depende de la otra, lo que Dios dice de mí, es importante y debo tomarlo en cuenta. Lo que yo creo de mi debo creerlo y hacerlo propio, de tal manera que mi imagen vaya creciendo continuamente. Lo que yo creo de mi es lo que me hace fuerte. El único que puede ponerse límites soy yo, nadie más puede. Así que la decisión de seguir adelante o detenerme es mía. Yo decido, yo elijo cual camino tomar.